Por Karen Cardoza(*)
“… lo decía Flaubert: “Me odio y me acuso de esta demencia de orgullo que me hace jadear en pos de la quimera”.
A esa obsesión de artesano, a ese conocimiento profundo de las herramientas de la propia expresión, a esa lucha tortuosa contra el lienzo, la partitura y la página en blanco, contra la piedra de la cual saldrán las formas de una nueva armonía, a esa enfermedad, se le llama oficio. Ningún artista -hablo de los auténticos, de los que importan- puede realizar su trabajo prescindiendo del oficio. Sin oficio no hay artista. El artista surge de su propio oficio.
Es imposible partir de la nada, porque todo es acumulación y desafío.
Se supone que, en un plano ideal pero irrealizable, las nuevas generaciones deben aprender de los errores de las que les precedieron.
lo que están haciendo nuestros “artistas renovadores”confunden ser artista con la pachanga y la droga
cada cual merece el cielo o el infierno que ha soñado.
Un artista escandaliza a la sociedad de manera natural, no porque lo busque racionalmente para encontrar adeptos o para ganar reconocimiento. El artista busca expresar el mundo, su mundo, con toda su grandeza y toda su inmundicia. Siente la necesidad de hacerlo. Es su vocación. No se es artista para escalar socialmente ni para ser famoso como pretende un triste número de “voces emergentes” en este país. Lo que pudo ser un momento de apertura y creatividad fecunda ha sido empantanado por el oportunismo y la mediocridad de una generación con prisa.
Toda obra de arte es un lenguaje y una estructura. Hay que saber cómo ejecutarla más allá de la inspiración.
Se requiere de oficio para el arte, “…


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