
Vitalidad y poder de expresión. Para mi una obra debe tener primero una vitalidad propia. No me refiero a una reflexión sobre la vitalidad de la vida, del movimiento de la acción física, formada por figuras que retozan o danzan; lo que quiero decir es que una obra ha de tener una energía interior, una vida propia e intensa, independiente del objeto que pueda representar.
Cuando una obra tiene esa vitalidad poderosa no relacionamos con ella el término Belleza. La belleza, en el sentido griego tardío o renacentista, no es la finalidad de mi escultura.
Entre la belleza de la expresión y el poder de la expresión existe una diferencia funcional. La primera tiene por finalidad agradar a los sentidos; la segunda tiene una vitalidad espiritual que a mi juicio conmueve más y más profundamente que lo que llega a los sentidos.
Puesto que una obra no tiene como finalidad reproducir apariencias naturales, no hay en ella una huída de la vida; puede ser, más que eso, una penetración en la realidad (…), una expresión de la significación de la vida, un estímulo para esforzarse más en vivir.
HENRY MOORE. En Sculpture & Drawings. Vol I. 1957.


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