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La vivienda
Los sitios de habitación hallados en el Potrero de Lavapatas, en las expediciones de 1957 - 1958, demuestran que la vivienda era de estructura simple y sencilla. Las casas estaban construidas con materiales perecederos, tales como maderos de 15 y hasta 30 centímetros de diámetro muros de bahareque y techumbres de paja. Tenían una planta circular, de poco más de tres metros de diámetro. Una habitación la formaban generalmente varios bohíos, situados a gran proximidad unos de otros, casi unidos entre sí. Allí tenían sus dormitorios, sus fogones formados con tulpas, y sus pequeíios talleres. Las viviendas se construían cerca a los nacimientos o corrientes de agua, a los cuales se llegaba por estrechos senderos, cuyas huellas todavía pueden advertirse en las zonas de reciente desmonte. En algunas casas se encuentran tumbas en el interior, lo que no debe atribuirse a elementos intrusivos, sino a la práctica de una costumbre que estuvo muy extendida entre los primitivos moradores del territorio de la actual Colombia.
Estos rasgos simples de la vivienda arqueológica de San Agustín, contrastan notablemente con el carácter monumental de la estatuaria y aun puede decirse que con la estructura de los templetes principales, que se encuentran por debajo de los montículos artificiales, algunos de los cuales se hacían con grandes lajas, cuya cubierta estaba soportada por estatuas, y que guardaban en su interior sarcófagos monolíticos. Este hecho se explica si admitimos que el arte escultórico agustiniano es la resultante de un intenso culto religioso, íntimamente asociado a los ritos necrolátricos. Y tal observación puede hacerse para otros vestigios arqueológicos de América, cuyas manifestaciones artísticas responden a un ideal espiritual. Con razón escribía don Pedro Cieza de León en el siglo xvi lo siguiente a este respecto: “…y a la verdad en la mayor parte de las indias se tiene mas cuidado de hacer y adornar la sepultura donde han de meterse despues de muertos, que no en aderezar la casa en que han de vivir siendo vivos
La casa de planta circular y techo cónico fue muy frecuente entre varias de las agrupaciones indígenas encontradas por lo españoles en el siglo xvi, en especial en las poblaciones de cultura chibcha de la región oriental de Colombia. Esta pauta en la estructura de las habitaciones supervive entre los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, y ha sido registrada también en las exploraciones arqueológicas realizadas por el investigador Eliécer Silva Celis en yacimientos de Soacha (Cundinamarca) y Sogamoso (Boyacá). Igual observación puede hacerse en lo que respecta al entierro dentro de las viviendas.
La orografía de la región de San Agustín, caracterizada por suaves ondulaciones, parece que determinó una pauta de poblamiento disperso, aunque no distanciado, con excepción de la zona de Quinchana, en donde se advierten vestigios que obedecen a una población relativamente nucleada.
La economía
Las características de los yacimientos arqueológicos de San Agustín, demuestran que el pueblo que dejó estos despojos tenía como base principal de sustentación económica la industria de la agricultura y la práctlca de la recolección.
En las zonas de reciente desmonte, por donde avanza la colonización móderna como consecuencia de la construcción de vías de penetración, especialmente en Quinchana, Quebradillas y San josé de Isnos, pueden verse las eras o surcos de los antiguos agricultores, en las vertientes y en las partes altas de las lomas, con su típica disposición vertical.
El maíz constituyó, seguramente, el principal cultivo, a juzgar por la notable frecuencia de manos y piedras de moler en los depósitos arqueológicos, tanto en la superficie como en el relleno de las tumbas, en el ajuar funerario y en los sitios de habitación hallados hasta ahora. También se han encontrado granos y raquis carbonizados. En algunas estatuas se observan representaciones que bien podrían interpretarse como símbolos característicos de deidades del maíz, como la escultura que lleva en la mano un pescado y las halladas recientemente en el Alto de los ídolos.
El maní fue posiblemente otro importante cultivo entre los antiguos agustinianos. A ello inducen a pensar los hallazgos en los sitios de vivienda del Potrero de Lavapatas y la frecuencia en este complejo arqueológico de ciertas formas de cerámica, consistentes en grandes platos o cayanas, de poco fondo, con borde vertical, destinados, quizás, para tostar estos frutos.
La práctica de la recolección está atestiguada por el hallazgo de frutos carbonizados de nogal, tanto en los sitios de vivienda del Potrero de Lavapatas como en la base del Montículo Noroccidental de la Mesita B. Tal vez fue empleado como fuente de materias grasas para las prácticas culinarias, tal como lo utilizaban los campesinos de la región hasta hace pocos años, cuando abundaba en la zona esta especie vegetal.
La pesca no parece haber jugado un papel muy importante en la economía de los antiguos agustinianos, lo que se explica por las escasas posibilidades que ofrece el medio para el desarrollo de esta actividad: la región es montañosa y los ríos corren por profundos cañones, a lo largo de planos muy inclinados, y por consiguiente con un curso tormentoso que no es propicio, como no lo debió ser en tiempos antiguos, para el fomento de la fauna ictiológica y su consiguiente aprovechamiento por el hombre como base de su alimentación. Ni el pez, ni los instrumentos de pesquería, aparecen motivados en la estatuaria ni en la cerámica. Tampoco se registran hasta ahora hallazgos arqueológicos que puedan considerarse como manifestaciones de esta industria, como anzuelos, pesas de red o nasas, etc. Sólo se han localizado algunas piedras redondeadas, con acanaladura circundante, cuyo uso es todavía problemático y que bien pudieron haber estado destinadas a servir de pesas de telar o quizás de boleadoras. Existen algunas esculturas que sostienen con las manos un pescado, o que las llevan a la espalda, pero se cree que el pez aquí debe considerarse como un símbolo religioso con una significación diferente, quizas como deidad de las lluvias, de la fertilidad y del maíz. En las culturas mesoamericanas, el disfraz del dios del maíz es un pez.
El transporte de productos agrícolas y de la alfarería para el comercio de trueque entre las distintas parcialidades, debió hacerse utilizando la tracción humana, por carencia de animales domésticos. Si bien es cierto que en el Macizo Colombiano existen topónimos como Guanacas, que Fray de Santa Gertrudis atribuye a la antigua existencia de auquénidos en aquella zona, nada autoriza a pensar que los hubiesen utilizado como auxiliares en el transporte, pues no se hay hasta ahora comprobaciones arqueológicas sobre este particular.
Las vías de comunicación fueron caminos en zigzag, trazados por empinadas cuestas de las vertientes cordilleranas. Todavía pueden verse, en Tierradentro, en San Agustín y en San José de Isnos, estos viejos senderos, por donde transitan los indios y los campesinos de estas regiones del Sur de Colombia, llevando el fardo sobre sus espaldas o arriando recuas de caballerías con carga destinada a los mercados locales.
La orfebrería
Los hallazgos verificados hasta ahora demuestran plenamente que entre las actividades de estos pueblos existía la industria de la orfebrería. No alcanzaron, desde luego, los acabados productos ni las adelantadas técnicas que lograron los orfebres prehispánicos de otras regiones de Colombia, tales como los Quimbayas y los Sinúes. Sin embargo, conocieron la metalurgia del oro y del cobre, que mezclaron para hacer, mediante las técnicas de alambrado, laminado y fundición, cuentas dimiputas de collar, al parecer fundidas a la cera perdida, zarcillos, narigueras, diademas y colgantes, estos últimos a veces con engarces de cuentas de cuerno o de piedras finamente pulimentadas.
La presencia de gotas de oro fundido, fragmentos de láminas, pedazos de narigueras y crisoles de cerámica, en los depósitos arqueológicos de la Mesita B, lo mismo que la identidad de algunas de las piezas halladas con los adornos que aparecen representadas en varias estatuas, demuestra claramente que no se trataba de productos de intercambio comercial, sino de una industria local, que utilizó los aluviones auríferos del Mazamorras, Naranjos y otros ríos y quebradas de la región de San Agustín, y que representó en algunos de sus productos motivaciones de acentuada significación religiosa, como son los motivos ornitomorfos. Todo parece indicar que el trabajo de la orfebrería se inicia en San Agustín en la fase inferior, es decir, desde los comienzos mismos del desarrollo cultural. Así lo indican los hallazgos hechos en el sitio denominado Alto de Lavapatas y en estratos de la Mesita B, que han sido fechados por el sistema del Carbón 14 y que corresponden, estos últimos, a las primeras décadas de la era cristiana.
Organización social
Es posible que la gran dispersión que tiene la estatuaria de San Agustín, a través de varios centenares de kilómetros cuadrados, formando pequeños núcleos de dos y tres litoesculturas al lado de cementerios en las lomas, se explique, justamente, por una organización social estructurada sobre la base de pequeños grupos familiares, unidos no por el parentesco biológico, sino por vínculos religiosos. Los centros mas importantes, como parecen haber sido son Mesitas, Alto de los ídolos, Ullumbe, Alto de las Piedras, Alto de Lavapatas, Lavaderos, Quinchana y Otros, habrían ocupado una jerarquía especial dentro de este sistema de organización de la comunidad, con un liderazgo religioso o civil. En México los clanes o calpullis tuvieron esta estructura. Los llamados barrios, además de ser una división territorial, estaban bajo la advocación de un dios particular, tutelar, a través del cual se establecían los vínculos familiares y no por los lazos de parentesco biológico.
Esta misma circunstancia explicaría también la diversidad que se advierte en los motivos y estilos de la estatuaria, dentro de su aparente homogeneidad morfológica, debida al deseo de individualizar en cada lugar la representación de las deidades protectoras del grupo familiar, o ancestros míticos dentro de los cánones religiosos tradicionales.
La casta de los guerreros, con sus deidades protectoras, el dios tigre y la serpiente crestada, está claramente representada en 4 estatuas cariátides de Mesita A y en 2 de Mesitas B. En esta última, otras dos litoesculturas, del Montículo Noroccidental, parecen ser también figuras de guerreros, por los cráneos trofeos que llevan pendientes del cuello.
Todo induce a pensar que en este momento de transformación de la cultura agustiniana, que coincide con un florecimiento de la estatuaria, la organización social está fuertemente influida por las castas militares y las formas religiosas por las deidades solares y de la guerra. Las estatuas de Mesitas parecen ser la representacion más auténtica de este momento, siglo v de la era cristiana, pues los montículos están consagrados a estos grupos.
Las diferencias muy notables que se observan en la estructura de las tumbas exploradas en las Mesitas B y D, hablan más en favor de una estratificación social que en una secuencia cultural. La cerámica y otros elementos atestiguan su contemporaneidad. Tal estratificadón social estaría basada quizás en grupos ocupacionales o en una jerarquía política o religiosa.


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