… la propia naturaleza de los materiales fundamentales empleados, como el mármol y el bronce, que son de carácter imperecedero así como las técnicas de trabajo de estos materiales, que acarrean mayores costos de producción que la pintura, han condicionado a lo largo de los siglos la función y el significado mismo de la escultura.
En efecto, por poseer la obra escultórica la solidez y materialidad de los objetos reales, queda destinada para una función duradera, en realidad prácticamente indefinida. De hecho, la larga duración de la escultura le ha conferido un carácter más estable y conservador que el de otras obras de arte, constituyendo así una de las manifestaciones artísticas más intemporales y menos susceptible de sucumbir a los cambios de la moda y del gusto. Son, pues, su consistencia y pervivencia temporal, y por añadidura el valor económico de los materiales utilizados, los factores que han configurado estéticamente la escultura como una manifestación artística más estable. Los cambios tanto técnicos como formales y simbólicos han sido en este arte menos frecuentes que en otros. (…) Por otro lado, la escultura ha constituido menos veces que otras manifestaciones artísticas el factor fundamental del cambio en la historia de los estilos.
Pero en este momento nos interesa considerar cuál ha sido el destino o función que el hombre ha dado a la escultura, y cuáles los contenidos esenciales de la misma, es decir, los mensajes que a través de este arte, como lenguaje plástico, ha querido trasmitir. En este sentido, son precisamente su estabilidad y permanencia las características que la han convertido en un medio de expresión adecuado para comunicar mensajes con destinatario público. De modo especial, la escultura de bulto redondo o escultura exenta, Ya que el relieve, por su propia naturaleza, ha tenido funciones más próximas a las de la pintura. Así, la estatuaria ha servido para representar aquellas imágenes a las que tanto las ideologías en el poder como la propia sociedad confieren un valor y significación ideales, especialmente de carácter religioso y político, como las imágenes de los dioses, de los santos, o de los personajes ilustres o relevantes: faraones, emperadores, reyes, etc. La estatua, por otra parte, es el núcleo esencial del monumento conmemorativo que, en las culturas con sentido histórico, implica la idea de perpetuar la memoria de aquello que representa. Otro de los temas básicos de la escultura ha sido el retrato, y no sólo el psicológico sino principalmente el de carácter simbólico y moral, cuya finalidad es representar como héroe a un personaje o a una clase social. Por último, entre los contenidos fundamentales de la escultura destaca la representación de la figura humana, sobre todo en la versión del desnudo, para expresar en primer término ideales de belleza plástica formulados regularmente a través de normas o reglas canónicas (el «canon»). Aquí se pretende glosar sumariamente los contenidos fundamentales de la escultura considerando los temas m importantes, ya que la estabilidad de esta expresión artística hace innecesario un desarrollo histórico.
Hoy se admite que las primeras esculturas de bulto redondo tuvieron carácter de amuletos. Las Venus paleolíticas, como, por ejemplo, la Venus de Willendorf al margen de que por representar un desnudo femenino siempre implican la concepción de un canon estético (toda expresión formal lo lleva implícito), sin embargo y en primer lugar, tuvieron un propósito mágico y simbólico. Los amuletos son agentes de control sobre todas aquellas fuerzas de la naturaleza que no se puede dominar plenamente, y en especial sobre todo lo relacionado con el misterio de la vida y la muerte. Estas Venus no son otra cosa que amuletos para fomentar y propiciar la fertilidad. Desde las estatuillas paleolíticas hasta las máscaras de los pueblos primitivos actuales, el carácter mágico y propiciatorio se encuentran en los orígenes de la escultura. La escultura, en efecto comienza su andadura como amuleto para pasar a significar conceptos religiosos o políticos, y llegar, por último, en la época contemporánea, a significarse exclusivamente a sí misma.
Una de las funciones primordiales de la estatuaria ha sido la religiosa: creación de imágenes o simulacros de la divinidad. Y si bien existen religiones anicónicas que prohiben expresa o tácitamente representar al ser divino, parece que el bulto redondo ha constituido una expresión adecuada de las imágenes de los dioses, en cuanto que eleva con más fuerza al espectador hace la idea espiritual que intenta expresar. Se diría que trasciende la apariencia material y real del objeto escultórico, produciéndose un transporte al mundo ideal que significa, y llegando a identificar por completo imagen y símbolo. De esta manera la imagen de la divinidad acaba por confundirse con la propia divinidad: el icono es el dios. Recuérdese en tal sentido la trascendencia que dicha identificación tuvo en el Cristianismo oriental y el problema de la querella iconoclasta.
A diferencia del bulto redondo, ya se ha visto que el relieve, igual que la pintura, se destina para otro uso o función religiosa, fundamentalmente el de narrar la historia o la mitología. Ello responde primordialmente a que el relieve cumple un objetivo inverso al de la estatuaria, ya que transporta desde el mundo ideal al real, es decir confiere vida a la historia y encarna las ideas anclándolas en el mundo visible. Recuérdese, por ejemplo, la destacada función del relieve, con carácter didascálico, en los estilos románico y gótico durante la Edad Media.
En la misma dirección, la estatuaria ha representado las imágenes del poder político, transmitiendo a través de su iconografía la propia concepción del mismo vigente en cada cultura. Es así fácil comprobar con la estatuaria egipcia ilustra una determinada concepción de la monarquía que se identifica con la divinidad. Muy esclarecedor es, asimismo, el caso de las representaciones escultóricas del emperador romano Augusto; en efecto, en la estatua conocida como Augusto de Prima Porta está representado como “imperator”, vestido con traje militar de gala y en actitud de dirigirse a las legiones romanas, arengándolas; es decir, que la iconografía intenta configurar una imagen determinada del poder, representando a este personaje como supremo jefe militar, como emperador o jefe de las legiones romanas. Otro de los mejores retratos de Augusto es el llamado Augusto de Vía Labicana, en el que aparece togado y con la cabeza cubierta, es decir, en actitud de sacrificar como Sumo Sacerdote o Pontifex Maximus. En unos momentos en que se está configurando una determinada concepción del poder político en los comienzos del Imperio, las imágenes de Augusto no son tanto retratos personales cuanto símbolos del poder y de los contenidos del mismo, ya se trate de Augusto como «imperator» o como “Pontifex maximus”, supremo jefe militar, en definitiva, y máxima autoridad religiosa, dos aspectos de la concentración de poderes en el emperador romano.
En las imágenes que aluden al tema que nos ocupa resultan importantes los atributos como complemento iconográfico de la configuración del poder; así, por ejemplo, en el caso de los faraones egipcios, las dos coronas, que simbolizaban respectivamente el dominio sobre el Alto y el Bajo Egipto. En otras ocasiones las imágenes del poder se representan divinizadas o simplemente heroizadas; recuérdese a este respecto el retrato del emperador romano Commodo representado como Hércules. En todo caso, la representación y los atributos del poder político constituyen siempre un mensaje informado de un denso contenido ideológico cuyo destinatario colectivo son todos los posibles súbditos .
Por lo demás, alguna determinada fórmula iconográfica ha revestido singular importancia y significación. A título de ejemplo, y remitiéndonos de nuevo al Imperio Romano, es muy esclarecedor el caso de la escultura ecuestre del emperador Marco Aurelio. Tenida durante la época medieval como escultura del emperador Constantino, la fórmula iconográfica ecuestre reaparece con simbolismo imperial en el caso de la estatuilla de Carlomagno, y se consolida como fórmula iconográfica monumental, en la Edad Moderna, ya a partir del «quattrocento» italiano. En cada caso, la fórmula iconográfica de la figura humana (sedente, tronante, orante, yacente, etc.), se carga de connotaciones y de contenidos. Otras veces, y especialmente cuando se trata del retrato, no se representa la figura completa; especial interés iconográfico tienen también las figuras de busto, o simplemente la representación de la cabeza.
En el retrato, otro de los temas básicos de la escultura exenta, hay que tener en cuenta su finalidad, en la que casi siempre se encuentra el culto a la memoria de un personaje. En Roma, el uso de mascarillas mortuorias explica el culto y la devoción a la memoria de los antepasados, y sin duda condicionó la orientación realista del retrato romano. Pero, con frecuencia, el retrato trasciende la mera finalidad del parecido físico o captación psicológica, para convertirse en un paradigma de cualidades morales, éticas, políticas. Puede decirse que en general, supera lo particular e individual para transformar el retratado en el símbolo de una clase social o de una ideología determinada. Es conocido el hecho de que Miguel Ángel en su busto de Bruto dejó un claro testimonio de sus convicciones políticas republicanas, configurando así el perfil ético-político del ciudadano.
El tema por excelencia de la escultura a lo largo de la Historia y hasta la ruptura del siglo XX ha sido la figura humana. Incluso las imágenes de los dioses se ha representado antropomorfas en muchas culturas. La importancia del cuerpo humano, especialmente en su versión de desnudo, se pone de manifiesto al máximo en la estatuaria clásica griega. El cuerpo humano se configura como forma ideal. Por un lado, rebela un determinada concepción del hombre, de su significación, de su lugar en el mundo y su relación con el resto de la naturaleza. Por otro lado, a través de la representación del cuerpo humano, se revela la concepción artística de cada cultura, el equilibrio entre naturalismo e idealismo, entre representación del natural o predominio de lo espiritual, el sistema de proporciones que se formula en relaciones de las partes con el todo, etc. En este contexto, las investigaciones estéticas realizadas por la plástica griega en los siglos V y IV antes de Cristo, con la formulación de cánones especiales como el del Doríforo, de Polícleto, o el Apoxiomenos, de Lisipo, adquieren un profundo significado, trascendiendo lo puramente formal y asumiendo un claro valor simbólico. La cultura occidental, por medio de los griegos y del Renacimiento, ha interpretado el mundo y la Naturaleza tomando al hombre como medida de todas las cosas.
Varios autores.- Introducción general al arte.
Ed. Istmo. Madrid. 1980


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