Dicen los biógrafos y especialistas de la obra de Giacometti que su escultura tiende a la ausencia y que por ella y por su huida, la producción de Giacometti abre el campo libre a los poetas. Se comprende que Sartre viera en él a un escultor de la existencia.
Hombre profundo y de visión subjetiva, Giacometti crea una plataforma que constituye una apuesta por el individuo y la autenticidad; de ahí su disidencia sustantiva, plasmada en el admirable resultado de su reflexión; reflexión y corrección constante que, a la manera berhardiana, nos muestra que, junto a la posesión acuciante para actuar y pensar cada vez con más intensidad, está el proceso de continua corrección.
La obra de Giacometti resulta clarificadora y gratificante, tan resueltamente opuesta a la trivialidad reinante, tan empeñada, en fin, en preservar para el individuo un espacio propio e inexpugnable, donde suenen sonidos personales. Este es el trabajo realizado por Giacometti a lo largo de su existencia, que fue una vida de realización y de reflexión sobre los problemas del hombre contemporáneo, enfrentado con la deshumanización, el desamor y la soledad.
Filósofo del instante, Giacometti sabía, como si tuviera un sismógrafo en el cerebro, cuándo sus obras eran dignas del final y del resumen de su pensamiento.
En el camino de las preguntas inútiles.
Por Michel Troche.
Mirando una escultura de Giacometti, me permito el lujo -inútil en mi opinión- de plantearme una pregunta, en lugar de contemplarla simplemente.
Pero ¿se puede ver algo simplemente? De otro modo ¿habría escultura? Las hay desde hace tiempo ya e incluso desde el nacimiento del mundo, que en cierto modo se puede considerar, después del big-bang, como la invención de una gran escultura.
Me pregunto si la escultura de Giacometti tenía un sentido fuera de su taller, fuera de este inmenso y minúsculo laboratorio, de este athanor desprovisto de lujo, pero cargado con el sello de todas la interrogaciones de Giacometti, las inquietudes, las angustias, las obsesiones, las obstinaciones; fuera del lugar humilde y maravilloso que vio hacer y deshacer durante meses el rostro de Isaku Yanaikara y de James Lord.
¿No es un poco falso mirar esta escultura allí colocada, en un lugar privilegiado, fuera de su medio natural, de la sombra que la protegía, de la historia de su génesis y de sus resurrecciones, perpetuamente animada por la esperanza de una imposible semejanza, arrancada en suma como una planta fuera de su maceta? ¿No es también falso exponerla de esta forma, como mostrar máscaras africanas, fuera de la fiesta, del pavor o de la adoración que daban sentido a su aparición? ¿No es esto una traición?


