Año 1901.
Alumno favorito de Rodin, Antoine Bourdelle, que el año anterior fundó con él una escuela de escultura, se ha afirmado durante su cuarto año en una cuestión que le perseguía desde 1888: el busto de Beethoven. Persuadido de que si el arte «debe contener el corazón», también deberá «dejar temblar la mano», este melómano que profesa al compositor de la Novena Sinfonía la más grande admiración, ha intentado hacer surgir de esta cabeza atormentada, que ha labrado a golpes de nervioso pulgar, el tumulto patético de su música, embargado de una fiebre creadora exaltada.
Es un escultor apasionado, valeroso, que pretende obtener su inspiración de sus orígenes campesinos, «De niño en Montauban –cuenta- me apasionaba con el trabajo de mi padre que fabricaba sólidos muebles rústicos. Creo que tallar la madera de un arcón o de un escabel me ha enseñado el equilibrio de la construcción.»


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