LOS ÚLTIMOS CLÁSICOS

La historia de la vida de los más célebres escultores de esta época está trazada de una manera casi similar entre un artista y otro. Eran, muy a menudo, hijos de artesanos y adquirían en el aprendizaje del oficio de su padre el gusto por el trabajo manual. Aconsejados por algún artista de provincias, si en provincias vivían, entraban en un estudio de dibujo, para trasladarse después a París y trabajar en la Escuela de Bellas Artes. Alumnos de un reputado maestro de su época, seguían entonces el camino tradicional para «hacer carrera en el arte» y cuando sus disposiciones comenzaban a robustecerse un poco, empezaban a exponer en el Salón. Ser recibido en el Salón era la gran ambición de todos los escultores y de todos los pintores cosa que se explica muy bien ya que fue durante mucho tiempo el único medio para darse a conocer.

Pero lo que les consagraba verdaderamente como artistas, después de los poderes oficiales era el participar en el Gran Premio de Roma. Un primer gran premio, o a falta de él, un segundo premio, hacía mucho más fácil recibir los encargos del Estado. Rude, David d’Angers, Barye no escaparon a este proceso de evolución profesional que fue fatal para muchos -escultores cuya personalidad no era lo suficientemente fuerte para sustraerse a la constreñida enseñanza doctrinal o que no tuvieron la audacia de oponerse al conformismode los jurados

Francois Rude (1784-1855) no se dedicó a la escultura hasta cumplir los veinte años. De niño debió aprender el oficio de su padre, calderero y cerrajero en Dijon, especializado en la manufactura de unas sartenes llamadas «a la prusiana». A los dieciséis años comenzó a alejarse de la forja paterna para tomar lecciones de dibujo, cosa que, al principio, no le condujo a otro sitio que a trabajar para un pintor de brocha gorda. Le atrae entonces el modelado y hace en 1804 sus primeros bustos. En 1807 llega a París y entra muy pronto en el taller de un escultor oficial, Pierre Cartellier. De este período de aprendizaje debería dejar algunos rasgos al colaborar en el pedestal de la Columna Vendome. Siguió con aplicación los cursos de la Academia de Bellas Artes y obtuvo en 1809 el segundo gran premio de escultura y en 1812 el Gran Premio de Roma con una estatua que representaba a Aristea llorando la pérdida de sus abejas.

En 1821 Rude partía para Bruselas donde pasaría seis años. El pintor Louis David, que entonces se encontraba en el exilio, le tomó afecto y le procuró una serie de trabajos en los monumentos de aquella ciudad. Fue así cómo ejecutó el frontis del Hotel des Monnaies, los bajorrelieves para el castillo de Terwueren y las cariátides del Gran Teatro.

De vuelta a París en 1827 comienza a exponer en el Salón. Bustos, un Mercurio atando sus sandalias, una Virgen destinada a la iglesia de Saint Gervais fueron sus primeros envíos. En 1833 su Joven pescador napolitano atrajo la atención hacia él, imponiéndolo como un escultor clásico dotado de delicadeza y de un gran rigor técnico. Se le encargó entonces componer uno de los grupos del Arco de Triunfo en la Plaza de la Estrella. El tema de este altorrelieve se inspiraba en una escena de la que él mismo fue testimonio, siendo aún niño, en 1792: la Partida de los Voluntarios. El artista había vivido estas horas apasionadas en que un arrebato de libertad unía a todo un pueblo, y las evocaba en una síntesis armoniosamente apropiada al estilo de la construcción monumental. Clásico, por los mismos elementos de la alegoría confundidos entre un grupo de hombres que avanzan, la composición se anima de movimiento cuyo romanticismo no llega a atenuar el carácter dramático de la misma. y en este movimiento que parece hecho armonía por el canto que la Victoria alada, sobrevolando el grupo deja escapar de su boca la piedra, Rude alcanza con esta obra el punto más alto de su creación artística.

En la ejecución de numerosas estatuas y bustos que hizo seguidamente (la mayor parte de los cuales están reunidos en el Museo de Bellas Artes de Dijon) no logró evitar siempre la frialdad. Se encuentra más inteligencia que sensibilidad en la sobriedad con la que él traducía los rostros. A pesar de ello, alguno de sus esbozos como el del Profeta Jeremías dejan adivinar que entre el romanticismo de sus grandes obras y el clasicismo del que era continuador hubiera podido tomar partido, como ya lo hizo de una manera pasajera, por un estilo más libre. A pesar de algunos encargos oficiales, tuvo siempre más éxito entre los aficionados que entre los poderes públicos y puede decirse a su favor que jamás entró en la Academia.

La obra de David d’Anger~ (1788-1856) es testimonio a la vez de sus facultades imaginativas y de unos medios de ejecución bastante más limitados. Fue, antes que nada, un retratista y su mayor ambición fue la de llevar al bronce la imagen de todas las celebridades de su tiempo. Por ello, principalmente, adquirió él mismo una gran celebridad.

Se llamaba Pierre Jean David y añadió a su nombre el de su ciudad natal: Angers. Hijo de un escultor de ornamentos de madera de cuyo gusto delicado y notable ingeniosidad son buenos testimonios algunos trabajos conservados en el Museo de Angers. A pesar de que el joven David siguió desde la edad de doce años los cursos de dibujo de la Escuela Central de Angers, su padre iniciándole en su propio trabajo y haciéndole aprender el oficio se oponía a que siguiera una carrera artística. Hizo su primera obra a la edad de. dieciocho años: no era más que la enseña que había modelado para la tienda de un zapatero. Pero un pintor que había reconocido en él una capacidad más profunda pudo convencer a su padre para que lo dejara marchar a París. Llegó en 1807 y logró que le contrataran para trabajar en las comisas del nuevo Louvre (por veinte «sous» al día) y en los ornamentos del Arco de Triunfo del Carrusel.

El estatuista Roland, alumno de Pajou, lo hizo entrar en su taller y David pudo por fin saciar su pasión de escultor. Como Rude, después de un segundo premio obtiene en 1811 el Gran Premio de Roma con un bajorrelieve representando la Muerte de Epaminondas. Partió hacia Roma con una recomendación para Canova, aunque jamás debía dejarse influenciar.

Le encontramos en 1815 tomando parte en una insurrección en Italia, pasando después una temporada en Inglaterra. Muy pronto, instalado ya en París comienza a obtener un verdadero éxito y afluyéndole toda suerte de encargos importantes. En 1826 es elegido miembro del Instituto y, en 1828, se convierte en profesor de la Escuela de Bellas Artes de París. Para algunas ciudades francesas ejecuta, entre otras obras, los bustos o estatuas de Condé, Fénelon, Racine, Rey René, el General Foy, el Mariscal Lefevre, TaIma. Hizo un colosal busto de Goethe para Weimar. Inglaterra le encargó el de Jeremie Bentham y los Estados Unidos el de James Fenimore Cooper En 1834 su estatua en bronce de Thomas Jefferson fue erigida por suscripción nacional en Filadelfia (fue después trasladada al Capitolio de Washington). En 1837 terminaba el frontis del Panteón de París.

David d’Angers dejaría tras sí, cerca de un millar de obras cuya mayor parte se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Angers. Su valor es muy desigual y su clasicismo austero es a menudo rígido, lo que no impidió que un crítico del Salón de 1834 escribiera sobre él: «Usted cae en el absurdo; toca casi una decadencia completa». Realmente fue un mediocre creador de estatuas, pero algunos de los ciento cincuenta bustos que esculpió en particular los de Paganini y de Lamennais y algunos de sus bajorrelieves cuentan entre sus mejores obras. Donde el escultor encontró el mejor medio de aliar la firmeza de su técnica con una observación minuciosa de la vida fue en los numerosos medallones (más de 500) que constituyen su obra principal. Forman una colección única de retratos de las más diversas personalidades, sabios, literatos, políticos, que David fue a encontrar por toda Europa. Ponía en este trabajo una desinteresada pasión y, a menudo, ofrecía a sus ilustres modelos el medallón que había esculpido con sus facciones. Jamás se enriqueció con su escultura.

Los últimos años de la vida de David d’Angers fueron curiosamente movidos. En 1848 se lanzó a la política lleno de fogosidad, siendo elegido alcalde del XI distrito de París y miembro de la Asamblea Constituyente. Su actividad como republicano extremista y feroz lo llevó al exilio después del golpe de Estado de Napoleón III. Se refugió en Bélgica pasando después a Grecia. Cuando pudo volver a Francia pasó una temporada en Niza y murió en París el 6 de enero de 1856 atacado por la parálisis.

A los nombres de estos dos escultores, Rude y David d’Angers, falta añadir aquí el de Antoine Louis Barye (1796-1875) si quiere comprenderse lo que fue la última expresión de fuerza de un estilo que debía aún influenciar durante bastantes años el trabajo de los escultores. Barye debió su celebridad al especializarse en la represen tación de combates de animales, lo que le valió el ser definido por Teófilo Gautier como «el Miguel Angel de la casa de fieras ».

Nacido en París, hijo de un orfebre, hizo al principio su aprendizaje de grabador sobre metales. A los veinte años estudiaba escultura en el taller de Bosio autor de obras monumentales, casi siempre de pomposo estilo. Después, en el estudio de Gros, aprende a pintar. En 1818 entra en la Escuela de Bellas Artes pero durante muchos años dudará entre la carrera de orfebre y la de escultor. Por ello sabrá encontrar más de una ocasión para conciliar ambas actividades ejecutando piezas de orfebrería compuestas de personajes o de animales (como por ejemplo, el retablo que hizo para el Duque de Orleans). Él no consideró nunca estos trabajos como cosa secundaria: por su elegancia y pureza en el estilo se aproximaba a los grandes artistas del Renacimiento.

No obstante, sus envíos al Salón a partir de 1827 le crearon rápidamente la reputación de un penetrante observador de la vida animal. Pasaba en efecto, largas horas delante de las jaulas de fieras del zoológico del Jardin des Plantes, haciendo croquis llenos de vigor en los que se basaba después. Los títulos de sus obras (unas cuantas de ellas se encuentran en París, en el Museo del Louvre y en Bayona, en el Museo Bonnat) nos demuestran su pasión por los animales. Son: Tigre devorando un gavial, León combatiendo con una serpiente, Ante sorprendido por un lince, Pantera devorando una gacela, Joven león derribando un caballo, etc.

Es necesario hacer notar que a pesar de la habilidad y del vigor que Barye sabía dar a sus obras fundidas en bronce -que malos imitadores reproducían más tarde- estos temas nos parecen hoy día bastante fastidiososo Si la sabia técnica de Barye y su inteligencia para el movimiento debían suscitar la admiración de futuros escultores (Rodin, por ejemplo) no podemos menos que sentir que tantos conocimiento hayan sido empleados únicamente en la creación de una monótona zoología. De cuando en cuando esta monotonía era rota por composiciones como Centauro y Lapite, Teseo y el Minotauro, ejecutando también cuatro grupos, en piedra, para decorar el Louvre: La Guerra, la Paz, la Fuerza y el Orden. Por estas obras y por algunos admirables esbozos adivinamos que su destino, dentro del arte, hubiera podido ser muy diferente.

Pero, en su época, las palabras furia romántica fueron las más apropiadas para calificar su arte. A su manera él sacudió la rigidez convencional donde estaba hundida la escultura y es por esta razón que le hacemos un lugar en este examen de una evolución a la que le era aún muy difícil salir de la rutina de la tradición. El influyente papel que Barye tuvo en esta evolución, puede parecer sorprendente a nuestros ojos, pero fue de una incontestable importancia.
de Jean Selz , en su libro : LA ESCULTURA MODERNA , ORIGENES Y EVOLUCION. Editorial Eco, S. A. Barcelona 1964.

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