por Miguel Santa Olalla Tovar
Quien más quien menos tiene cierta relación con el arte: o bien nos gusta leer, o disfrutamos con cuadros o esculturas, acudimos al teatro o al cine, o escuchamos algún tipo de música. Lo cierto es que nuestra vida está en permanente contacto con objetos que se nos presentan como artísticos, objetos hechos arte, “artefactos”. Sin embargo, esta “cotidianidad” del arte, su cercanía y compañía, se ve acompañada de un fenómeno peculiar: la distancias y el alejamiento progresivo de lo que es considerado “Arte”, así, con mayúsculas, en el sentido más genuino de esta palabra. Basta visitar exposiciones de arte contemporáneo o tomar contacto con cualquier objeto de vanguardia para tomar conciencia de esta distancia. El abismo entre el arte “de consumo” o arte “de masas” (quizás el que mayor presencia tenga en la sociedad civil) y lo que se denomina “arte” (sin necesidad de añadir ningún calificativo) se va haciendo más grande cada vez, y puede que merezca la pena prestarle un poco de atención.
El arte se termina refugiando en academias, museos y universidades que
determinan en cada caso qué es arte y qué no lo es. El gusto del pueblo
(el de una gran mayoría) no indica nada en esta cuestión, o puede que
sea incluso un elemento negativo a tener en cuenta: si algo gusta a la
gente no puede ser arte, no puede incluir la renovación y ruptura que se
exige a toda obra de un tiempo a esta parte. Las élites intelectuales
suelen verse complentadas por élites económicas: no todos pueden comprar
un cuadro en ARCO (a muchos les parecería cara incluso la entrada) y
tampoco una gran mayoría puede ir a la ópera o al teatro todos los fines
de semana. De esta manera, todos lo que “oficialmente” recibe el
calificativo de arte es monopolizado por pequeños grupos sociales, que
organizan sus propios eventos “artísticos” y sus propias formas de
legitimar su discurso (exposiciones, congresos, galerías…)
No quisiera, sin embargo, que de la impresión de que el asunto se debe
enfocar desde una sociedad dividida en clases sociales. El tema es aún
más profundo: quizás las personas dedicadas a ello (estudiosos o
“expertos” del tema) tengan más elementos de juicio a la hora de
decirnos qué es arte y qué no lo es. Son ellos, probablemente, los que
han tenido con el arte una relación más larga, directa e íntima que la
que podemos tener el resto de mortales: no en vano dedican toda su vida
a ello, mientras que los demás solemos tener otras ocupaciones. ¿Acaso
no debería ser entonces el suyo un juicio de calidad? A esta tendencia
hay que ponerle un “pero” interesante: alguna vez lo que los entendidos
de un tiempo designaron como arte ha caído en el olvido, mientras que
las obras olvidadas en su presente son consideradas después como obras
maestras. ¿Hasta qué punto, entoces, se puede aceptar que el arte sea un
tema exclusivo de expertos? ¿Es igualmente válida la valoración de una
obra realizada por un especialista que la del hombre de la calle? En
definitiva, volviendo a la pregunta inicial: ¿es el arte un asunto de
élites?
Miguel Santa Olalla Tovar
10-Mayo-2007
http://www.boulesis.com/


gracias por la pregunta… como su planteamiento evidencia que sí es un asunto ¿problema? de elites, yo llevo varios años arriesgando acciones en eso que llamamos el “arte popular”, incluso el “arte comunitario” para reivindicar unas expresiones fuera de esos círculos sociales, seguramente mas cercanos a las expresiones de lo que llaman “grupos menos favorecidos” económicamente… que a la larga se convierten en una nueva élite.
así sea con con el acumulado de acciones del sisitema distrital de cultura de bogotá; o desde nuestros porcesos “comunitarios”; parece ser que tiene razón… el arte es un problema de elites
tengo algunas de esas reflexiones en:
www.4carnavaldepuetearanda.blogspot.com
www.periodicoteatronodo.blogspot.com