Un efimero soplo de libertad
Honoré Daumier
El primer vistazo sobre los aspectos dominantes de la escultura en la mitad del siglo pasado no revela ningún signo precursor de una nueva orientación en las técnicas de la creación plástica. Podrá parecer sorprendente que el primero en escapar no sea un escultor, propiamente hablando, sino un dibujante y un pintor que, de una manera accidental. hizo cierto número de esculturas: Honoré Daumier (1808-1879). Como veremos más adelante, son los pintores el origen de este gran cambio que conduciría a la escultura a una completa renovación de sus fórmulas.
Es principalmente, a su lápiz de dibujante, a su trabajo de litógrafo y a su larga colaboración en los periódicos ilustrados que Daumier debe su celebridad. Muy tardíamente debía reconocerse que su personalidad sobrepasaba en mucho la de un ilustrador satirico y solamente hoy podemos rendir justicia a la lucidez de Baudelaire que veía en él «uno de los hombres más importantes, no solamente en la caricatura, sino en el arte moderno». Hasta mucho después de su muerte, no se reconoció en él a un gran dibujante y a un gran pintor.
Daumier era hijo de un vidriero de Marsella que se creía quizá un poco artista, puesto que ponía marcos y se dedicó un día a hacer poesías.
Venido a París con su padre en 1816, se ganó la vida desde la edad de doce años como muchacho de recados, en casa de un bedel, y después como empleado en una librería de Palais Royal. Aprende dibujo en 1822, fue alumno de Alexander Lenoir, trabajó como litógrafo y siguió los cursos de la Academia Suiza.
La revolución de 1830 tuvo una considerable repercusión sobre la vida de Honoré Daumier y sobre su obra. Sus opiniones republicanas le colocaron en la oposición e hicieron de él lo que se llamaría hoy día un dibujante «contratado»: su lápiz fue un instrumento de combate lanzándose con ingenio temible en la sátira política. No tardaría mucho en sufrir las consecuencias. Después de sus principios en La Silueta, el primer periódico quincenal satírico e ilustrado editado en Francia (en el que colaboraba Balzac), publicó sus dibujos en La Caricatura, el periódico violentamente liberal de Philipon. En 1831 un dibujo representando a Luis Felipe bajo los rasgos de Gargantúa y devorando grandes presupuestos y «pasteles» llenos de donativos, le valió ser condenado a seis meses de prisión.
En esta época, en que Daumier había empezado a modelar la arcilla, emprendió, por encargo de Philipon, el modelado de una serie de pequeños bustos, cargados de intención, de diputados, senadores y ministros de derecha a los que observaba en las sesiones parlamentarias. La serie, que debía estar compuesta de más de cuarenta bustos, fue terminada en 1832. Treinta y nueve podían ser aún identificados en 1878, pero sólo treinta y seis han llegado hasta nosotros, de los cuales algunos se conservan en muy mal estado. Por suerte él hizo de las esculturas unos moldes de cera para asegurar la producción de los mismos en bronce. Pero poco faltó para que se perdiera todo este admirable trabajo. Daumier mostró siempre una extraordinaria negligencia en el cuidado de sus esculturas que no eran para él más que un medio de perfeccionar sus litografías que publicaba en La Caricatura o en Le Charivari.
Estaba dotado de una memoria visual poco común y pocas veces dibujaba con el modelo delante. Pero una vez había observado atentamente un rostro, podía sin ninguna duda, una vez llegado a su casa, hacerla revivir con la arcilla. Se cuidó muy pocas veces de hacer cocer sus esculturas que han llegado casi todas a nosotros, en el precario estado de la tierra cocida. Algunas veces, les daba color utilizando entonces una tierra bastante gruesa a la que mezclaba arena calcárea y que se prestaba muy mal a la cocción.
No podemos, pues, asombrarnos del restringido número de esculturas de Daumier que han llegado hasta nosotros. Jamás se preocupó de exponerlas. Solamente en 1878, un año antes de su muerte, fue posible ver una gran exposición de sus obras en casa de Durand Ruel. Daumier, casi ciego entonces, después de haber sido operado de la vista sin éxito, no pudo asistir. Sin duda su trabajo de litógrafo, lo más importante para él, es lo que lo hacía vivir y a lo que dedicó toda su actividad a lo largo de cuarenta años. Puede suponerse que una parte de su obra de escultor fue destruida. Mientras que conservamos de él 4.000 litografías, 1.000 maderas grabadas y 94 cuadros, sólo quedan unas sesenta esculturas.
Si pensamos que Daumier sólo tenía veinticuatro años cuando comenzó la serie de bustos, hemos de experimentar una cierta estupefacción al ver la osadia de su técnica y la pujante fuerza de expresión que él puso en estos retratos donde se revelaban verdaderamente los primeros síntomas de lo que podríamos llamar más tarde un concepción «impresionista» de la escultura. Algunas, solamente nos hacen suponer que el artista veía en sus esculturas un modo de expresión puramente caricaturesco. Pero la mayor parte nos demuestran que el genio de Daumier, que también supo poner al descubierto los caracteres, no se contentó con la habilidad habitual de otros caricaturistas (Dantan, por ejemplo). Fue el creador de un nuevo estilo de modelado del que debería, veinticinco años más tarde aproximadamente (entre 1885 y 1858) dar su ejemplo más logrado al hacer su propio busto. Esta libertad y esta energía en el modelado no se encuentran ya, hasta Rodin.
Es posible que Daumier no hiciera las esculturas más que de una manera esporádica, pero en todo caso las hizo a lo largo de toda su vida. Después de sus pequeños bustos de políticos, ejecutó entre 1835 y 1838 una Cabeza de hombre sonriendo y una Cabeza de hombre con sombrero grande, cuyos, originales en tierra se encuentran en la Glyptotek de Copenhague. Hacia 1844 un yeso, el Hombre de la peluca larga y en 1848 una pequeña figura de tierra cocida, el Payaso inoportuno. Su Ratapoil, excelente silueta destinada a ridiculizar a los agente de la propaganda bonapartista, puede fecharse aproximadamente en 1850. El carácter un poco sedicioso de esta obra le valió el quedar durante mucho tiempo escondida en un cesto para las botellas, donde la en fundó la esposa de Daumier. De la misma época conocemos de él otra tierra cocida titulada El Fardo que pertenece a la Walters Art Gallery de Baltimore. Esta obra nos muestra, por el carácter casi pictórico de sus rasgos, que anuncian ya la visión de Medardo Rosso, como Daumier había avanzado sobre su tiempo. El Museo del Louvre posee una de las dos versiones de un pequeño bajorrelieve en yeso titulado Los Emigrantes cuya fecha no puede establecerse con precisión y que como El Fardo fueron el tema de una de sus pinturas. Estas son sus mejores y principales obras escultóricas.
El método utilizado por Daumier que consistía en dibujar sus retratos basándose en sus bustos, tuvo una gran influencia sobre su estilo gráfico.
Cuando Charivari para evitar sus roces con la censura tuvo que renunciar momentáneamente a las sátiras políticas, Daumier ejerció su espíritu crítico a expensas de la burguesía y de los magistrados y trató numerosos temas de costumbres y de actualidad. Los buenos burgueses, Las gentes de la Justicia, los Robert Macaire los innumerables tipos observados en la calle, en el teatro, en el tren y más tarde sus Saltimbanquis y su Don Quijote, le aseguraron un nombre popular por lo que intentó crearse otro nombre como escultor. Si la escultura hubiera sido su actividad dominante podemos imaginar cómo hubiera revolucionado la técnica tradicional practicada por los escultores de su época. Quedó sin influencia porque fue ignorada. Por ello, es en Daumier, el revolucionario, donde podemos encontrar el verdadero precursor de la primera revolución estética que muy pronto liberaría a la escultura de sus lazos con un pasado ya estéril.
En “ La escultura Moderna “ origenes y evolución por Jean Selz
Editorial Eco,S. A.
Barcelona 1964


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