ESCULPIENDO LA NIEBLA
La escultura no es un adorno, ¿o sí ? La escultura no es una decoración, ni una negación, ni un armatoste que nos impide caminar sobre todo el espacio transitable. La escultura no es una creación superflua y prescindible. La escultura es testimonio formal de sentimiento del pensamiento, es cultura. Aunque en los cincuenta Barnett Newman la llegara a definir como « aquello con lo que tropiezas cuando retrocedes para ver una pintura ». Que su dificultad sea considerable, que su consideración sea escasa, que su cultivo requiera dotes excepcionales y distintas, que su secreto sea misterioso, que no sea necesaria para un elevado número de mortales, no quiere decir que pueda renunciar a su condición de expresión plástica y artística, incardinada en lo que venimos, desde hace siglos, milenios quizás, considerando arte.
¿Para qué sirve el arte ? Para nada o para mucho, según criterios, según sensibilidad, según el grado de desarrollo del pensamiento de cada uno. Pero, es necesario. Eso repite mi viejo amigo, el maestro Zachrisson, corazón cubista de ritmo tórrido caribe : « el arte no sirve para nada, pero es necesario ».
La escultura, trascendida la materia, es arte ; el arte es cultura ; cultura, creación del hombre que, desde tiempos remotos, le ha distinguido como ser superior, que puede deambular desde el pensamiento lógico al pensamiento mágico, sin establecer ni ideologías, ni creencias, ni sistemas de control, sino elementos formales que enriquecen, generan y germinan el pensamiento, dinamizan la vida y consolidan la dimensión del sentir y el pensar. La escultura no constriñe, abre cosmos, crea horizontes ; no perturba el espacio, lo orienta con vocación trascendente, establece un orden.
En 1996, Alianza Editorial publicaba en España La originalidad de la vanguardia y otros mitos modernos, de Rosalind E. Krauss, un conjunto de apuntes y breves ensayos, entre los que figura « La escultura en el campo expandido », en cuyo segundo parágrafo podemos leer : « En los últimos diez años, se ha utilizado el término « escultura » para referirse o cosas bastante sorprendentes : estrechos pasillos con monitores de televisión en sus extremos ; grandes fotografías que documentan excursiones campestres ; espejos dispuestos en ángulos extraños en habitaciones corrientes ; efímeras líneas trazadas en el suelo del desierto », pág. 288.
Y no cito a Rosalind E. Krauss como autoridad en defensa de la escultura, sino por su contribución a la confusión general, a la mixtificación, caiga quien caiga, pues en el ensayo de referencia concluye un concepto de escultura, que se ha repetido en exceso y ubica entre parámetros negativos : « lo que no es paisaje » y « lo que no es arquitectura », o sea, cualquier cosa. En el artículo citado, de R. E. Krauss, leemos : « Si nos remitimos a los obras de principios de los sesenta, probablemente sería más preciso afirmar que la escultura había entrado en una categórica tierra de nadie : la escultura era aquello que estaba sobre o frente a un edificio y que no era el edificio, o aquello que estaba en el paisaje o no era el paisaje », pág. 295.
Pero, es que, además, para más inri, hay escultura paisaje, como testimonian, adunia, ciertos pasajes de esta exposición, momentos muy felices de esta obra, que religa pensamiento y paisaje, cuerpo y tierra, libertad e incitación, estructuras y niebla, maravillosamente evidenciado en los dibujos, que completan este proyecto expositivo. Y arquitectura escultura, con innúmeros ejemplos, entre ellos, obras varias del arquitecto Javier Carvajal, verbi grafía, sus « Torres de Valencia », a pesar de su intromisión en la perspectiva de la Puerta de Alcalá ; también, en esto muestra. La escultura no es un arrequive, no se concibe como un entorpecimiento del espacio, sino como humanización y poetización del mismo, como canto que almendro el alma de la materia : y eso no sólo ocurre con los móviles de Caider u otros autores, sino con obras que aquí podemos contemplar. La escultura es la forma que sintetiza la idea, es el pensamiento que se siente y se concreta, el sentimiento que se medita, que se construye con una amalgama de depuraciones. En 1907, aparece el primer libro de poemas de Miguel de Unamuno, Poesías, en cuyo frontis coloca su « Credo poético », que quiero incardinar en este texto, como columna vertebral de lo que se dispone expresar, y que inicia así : « Piensa el sentimiento, siente el pensamiento ;/ que tus cantos tengan nidos en la tierra,/ y que cuando en vuelo a los cielos suban,/ tras las nubes no se pierdan ». Muchas de las piezas que conforman el mundo plástico angueriano tienen un mucho de nidos, nidos en los que se deposita la ideo, que germinan al calor del sentimiento y medran con el pensamiento que se expande en la forma. Nidos y protuberancias telúricas, que liberan energía en referencias ascensionales. No son paisajes, no son cuerpos y rostros concretos, no son caprichos formales, son « cantos esculpidos », que no se empeñan ni en la fealdad ni en la belleza, sino en una expresión magicista, sobria, ebria de soledad, híbrido de silencio y levedad ; en el misterio de lo que es y no acaba de descubrirse, creando un idiolecto que trasluce a su autor, que identifica una actitud, huellas de una vida. En el referido poema de Unamuno, destilando las esencias del poeto, nos transmite una definición de escultor, que tiene mucho que ver con esta obra y este hombre que la obra : « No te cuides en exceso del ropaje,/ de escultor, no de sastre es tu tarea,/ no te olvides de que nunca más hermosa/ que desnuda está la idea./ No el que un alma encarna en carne, ten presente,/ no el que forma da a la idea es el poeta/ sino que es el que alma encuentra tras la carne,/ tras la forma encuentra idea ». Hay en esos versos algunos elementos que bastarían para franquear el acceso a esta escultura y estos dibujos : la evidencia de la tarea de escultor, a la que más adelante me referiré ; ausencia de artificio, búsqueda de la desnudez ; alma más allá de lamateria, de lo carne, de la epidermis ; idea con independencia de la forma.
¿Qué define a lo escultura ? Su condición de objeto, realizado en una materia concreta, con una dinámica y unas normas propias. Elementos formales, que estructuran un icono, que manifiesta la expresión de un mundo propio. Su integración en el espacio, que reorganiza con su dimensión y presencia. El concepto escultórico, que se deriva de todos esos problemas que el escultor debe resolver con solvencia.
No es conveniente, a efectos de claridad, referir la escultura por lo que no es, sino en atención a los elementos que integran ese concepto escultórico, que tiene que ver con los elementos materiales, formales y espaciales ; que está conformado por la condición objetual, la materia, la técnica, la ocupación del espacio y el vacío, la luz y la sombra, el movimiento, la creación de lugar, lo capacidad de sintetizar el pensamiento, la voluntad de buscar la perfección, no formal, sino expresiva, su belleza.
Porque, no hay arte sin pensamiento, no hay pensamiento sin proceso, sin la decisión de pensar. Martín Heidegger explica todo esto, con meridiana fluidez, en Qué significa pensar, Editorial Trotfa, Madrid, 2005, un conjunto de textos de los cursos que dio en Friburgo de Brisgovia, en 1951-1952. Sin pensamiento no hay nada, salvo fenómenos accidentales y la arbitrariedad del azar.
El arte, la escultura, sobre todo, depende del proceso, es determinante ; requiere oficio y dimensión, con sólo el oficio puede no hacerse esculturo, pero sin oficio alguno no se hace nada, excepción de tantos inventos actuales, que tanto proliferan y contaminan, no porque sean cuestionables, que ya es mucho, sino porque pretenden ser escultura, sin ser nada en realidad o ser otra cosa a la que hay que buscar nombre, no con ambición clasifícatoria, sino a efectos didácticos, por exigencias reales, para no alimentar la confusión.
Ése es el gran quid del desconcierto actual en torno a la escultura y sus definiciones. No se trata de defender un concepto cerrado, de buscar una ortodoxia anquilosada o privilegiar un clasicismo ucrónico, sino de dar a la escultura su espacio y a otras creaciones, a los que no se puede llamar escultura, el suyo ; ya Simón Marchan tituló su mejor estudio Del arle objetual al arte del concepto. ¿Qué se pretende defendiendo la admisión de una fotografía en un concurso de escultura, como yo he presenciado ?
Una fotografía no es una escultura, aun reflejándola ; una instalación, aunque podría serlo, no es habitualmente una escultura, sino una instalación. Un objeto cualquiera no es una escultura, como no es un endecasílabo una frase de once sílabas. A cada técnica expresiva lo suyo. ¿Por qué es escultura un obra de Gargallo y no lo es un carrito del mercado con un oso de peluche dentro, o un pasillo lleno de cables y pantallas de ordenador ? Porque en la primera se manifiesta el cocepto escultórico, con todos sus componentes, aspirando a la belleza y comunicando valores y el segundo es un elemento de uso, definido por su utilidad.
Alguien pensará de inmediato en Duchamp, él tuvo la osadía, en la eclosión de las vanguardias, del aislar un elemento de uso no sin raudales de ironía, para considerarlo una obra de arte, dependiendo del lugar de exhibición y de su presentación. Fue un hallazgo, pero ahí queda. ¿Qué pensar del hallazgo cuando se vendieron numerados y firmados miles de urinarios. Para Charles Morris, « el arfe es el lenguaje de la comunicación de valores », definición que utilizaba Aldo Pellegrini, como hilo conductor de sus apreciaciones en su libro Nuevas tendencias en la pintura, Buenos Aires, 1967, que tanto influyó en los setenta, matizando que « no puede haber arte si en primer término no existe en la obra un valor y si, en segundo término, ese valor no está en condiciones de ser comunicado », pág. 5. ¿Qué valor contiene el objeto/escultura que no contenga el objeto/carrito de supermercado ? Tantos, que sería engorroso, aquí, el analizarlos uno por uno, pero, apuntemos algunos : valores antropocéntricos, humanísticos, ontológicos, éticos, estéticos, procesuales, culturales, emocionales, de desarrollo de pensamiento, que explican al hombre. Un elemento industrial contiene otros, que le dan su idiosincrasia, que le diferencian. La categoría y dimensión de la obra está en relación directa con lo que es capaz de comunicar, con su presencia. Cuando una crea-ción humana, y el arte lo es, posee valores en condiciones de ser comunicados, éstos se perciben, por más o menos personas, pero llegan al espectador, dependiendo de la sensibilidad de cada uno y con una percepción no distorsionada. Esto es, diferenciando las ocurrencias de la dinámica de una presencia. Los inventos coyunturales pueden incluso tener un gran porvenir propagandístico, pero no inmanencia, no dimensión, no presencia, que exigen algo más que la osadía, la construcción de un lenguaje, que comunique valores.
Tomas Paredes - 2006


0 Responses to “La escultura no es un adorno, ¿o sí ?”