Escrito en el verano de 1547.
Se inicia, con éste, la serie de los sonetos religiosos, o espiritualistas del último miguel Ángel.
Soneto LXVI
¡Haz que te vea, ay, en todo lugar!
Si por mortal belleza arder me siento,
junto al tuyo mi fuego se apagará,
y en el tuyo seré, cual fui, de fuego.
Caro Señor mío, sólo a ti invoco y llamo
contra mi inútil y ciego tormento:
solo tú puedes renovarme afuera y dentro
los deseos, la cordura y el escaso valor.
Al tiempo diste, Amor, mi alma divina
y en este despojo frágil y cansado
aún la encarcelaste, con tan duro destino.
¿Qué puedo hacer sino vivir cual vivo?
Sin ti, Señor, todo bien me falta;
Cambiar mi suerte sólo es poder divino.


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