El escultor Wilhelm Lehmbruck

Escultor alemán, n. en Meiderich, cerca de Duisburgo, el 4 en. 1881, m. en Berlín el 25 mar. 1919. Estudia en Düsseldorf, primero en la Escuela de Artes Decorativas, más tarde en la Acad. de Bellas Artes, hasta 1907. En 1906 había estado en Italia, y de 1910 a 1914 permanecerá en París, donde conoce sus primeros éxitos al exponer cinco esculturas en el primero de los dichos años. En cuanto a su orientación, sufre grandes virajes, indicio de su sensibilidad; si ha comenzado admirando sin reservas a Meunier y a Rodin, si luego ha prestado atención a Maillol, sus amistades definitivas serán Brancusi y Archipenko, pese a que el artista se guarda muchísimo de lanzarse a correr aventuras. En este aspecto, la guerra de 1914, que le obliga a regresar a su patria, será un bien, porque L. mantendrá su estilo intacto; pero las miserias y sufrimientos vistos en los hospitales de guerra, donde sirve como enfermero, le originan una grave psicosis, que no logra vencer. Marcha a Suiza en 1917 y realiza una importante exposición en la Kunsthaus de Zurich. En 1918 regresa a Alemania y se suicida. La brevedad de su vida ha garantizado la unidad y la pureza de su obra, admirable en su parvedad numérica.

Realmente, es tarea fácil dar la relación, si no de todas las esculturas de L., sí de las más cuantiosas, a saber: Mujer en pie, de 1910, obra transitiva y en cierto modo tradicional; Mujer arrodillada, de 1911, pieza ya bien significativa del joven artista, con su incomparable sentido de la esbeltez; Torso, del propio año, pero también comenzado en época de transición; Torso de muchacha, de 1913-14; Hombre de pie, de 1913, y quizá la realización máxima del artista; Mujer pensativa y Bañista, de 1914; y Cabeza de pensador, Retrato de Mill B., Muchacho sentado y Mujer orante, del año de su trágica muerte. Todo este mundo de L. compone como una raza nueva de la humanidad, una raza selectísima y depurada, digna de una existencia física. Al escultor no le interesan los cánones vigentes y acatados; él se creará otros nuevos y en ningún modo absurdos ni exagerados, porque la increíble esbeltez del Hombre de pie o de la Mujer arrodillada se debe menos a la altura exagerada, que el espectador cree percibir, que a la magra nerviosidad de torsos, miembros, todo el menor accidente físico. Pues en vano trataríamos de encontrar un mínimo detalle, un dedo de pie, p. ej., que dejase de encajar en su conjunto. L., que gustaba de razonar lo que hacía, había dicho: «El detalle es la medida en lo pequeño de lo grande». Otro de sus pensamientos: «Todo arte es medida; una medida contra otra, eso es todo». Tan sólo con esta claridad de juicio crítico y práctico fue posible al escultor de Meiderich crear esta raza, inequívocamente germana, absolutamente gótica de estirpe, si bien se han aducido como precedentes de las mismas los cuerpos casi vermiculares del manierismo (v.) y las relaciones de nuestro hombre con Modigliani (v.), que también gustaba de exagerar y dramatizar la esbeltez.

Pero, por aquellas calendas, las audacias pictóricas eran más radicales que las escultóricas, y no parece aceptable que L., que ponía a la escultura a la cabeza de las otras artes («La escultura -escribió- es la esencia de las cosas, la esencia de la naturaleza, lo eternamente humano»), fuera a beber en fuentes estilísticas del color, y del color ajeno. Y era normal que este depuradísimo escultor gótico del s. xx concluyera por quitarse la vida, pues, en realidad, sus más nobles esculturas -Hombre de pie y Mujer arrodillada- parecen estar pasando revista a sus penas y angustias, para decidir si se deben suicidar o no. Estas criaturas nostálgicas, saturadas de melancolía, sin el inicio de una sonrisa siquiera, no pertenecen a ningún estilo, a ninguna corriente definible, mucho menos a una imposición académica, como tampoco serían mancilladas o vulgarizadas por ninguna escuela. L. nació, vivió, trabajó y murió en total soledad, tragándose su hipersensibilidad, la que le había convertido en uno de los escultores europeos más grandes del siglo.

J. A. GAYA NUÑO

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