Posterous theme by Cory Watilo

LA ESCULTURA DE FIN DEL S. XIX -

En realidad, tratar de la escultura "modernista" no necesariamente ha de hacerse al margen de, la pintura y de las otras artes plásticas. (...)
... El caso del escultor que trabaja en solitario para crear piezas destinadas al amante del arte o al coleccionista es mucho menos frecuente que su paralelo en pintura. Gran parte de la escultura de esta época está destinada a integrarse en la arquitectura. Esto no es exclusivo de la época modernista, ... pero sí es nuevo el grado de integración: antes, el arquitecto solía reservar en sus edificios peanas y hornacinas en las que el escultor colocaba sus estatuas. Ahora, cada vez más, la escultura se funde literalmente con los muros de los edificios, o bien, en el caso de los monumentos conmemorativos situados en plena calle, en lugar de coronar un pedestal intercambiable, tiende a formar un todo con él. Muchos escultores colaboraron así con la arquitectura, algunos casi anónimamente, como los que esculpieron, bajo la estricta dirección de Gaudí, la exuberante decoración en piedra de la puerta del Nacimiento de la Sagrada Familia de Barcelona. Otros lograron un cierto grado de reconocimiento público, sin dejar de someterse al plan general de los arquitectos, como, sin salirnos del riquísimo Modernismo catalán, un Eusebi Arnau o un Miquel Blay. Pero también existen escultores plenamente dueños de su arte, y su adscripción estética es parecida a la de los pintores. Así distinguiremos también, al margen de las aún muy potentes corrientes tradicionalistas, una línea de origen realista y otra de tipo idealista. La primera es el paralelo del postimpresionismo pictórico y tiene representantes tan característicos como el propio Edgard Degas, autor casi secreto de una amplia serie de figuras nunca exhibidas en vida del artista y en las que éste se mostraba como un extraordinario investigador del movimiento e incluso de la pura forma, sin ningún tipo de prejuicio artístico. Pero las piezas escultóricas de Degas vienen a ser como preludios de unas sinfonías que nunca se realizaron en tres dimensiones. Un caso parecido es el del italiano Medardo Rosso, gran creador de formas de apariencia magmática basadas en temas de cuño realista aunque a veces dan como resultado puras especulaciones morfológicas. Él y Degas trabajaron sobre todo en cera, material lógicamente con un tamaño y un futuro limitados, por lo que, aparte de las piezas que luego pudieron fundirse en bronce, su presencia en la vida escultórica de la época no fue todo lo contundente que su calidad permitiría presumir.
El gran sinfonista de la escultura "impresionista" fue el francés Auguste Rodin, figura titánica y discutida que tuvo una enorme influencia sobre toda una generación de escultores de todo el mundo. Artista de amplísimo registro, en su obra se expresa tanto la fuerza más vigorosa como la delicadeza más espiritual, y puede tomar cuerpo tanto en figuras exentas de gran sencillez como en conjuntos de exuberante complejidad. La gran característica de Rodin es la vibración de sus masas,, que huyen siempre del perfeccionismo detallista de la escultura convencional para adquirir una factura más atenta al movimiento que a la depuración de las superficies, como si de grandes bocetos se tratase. Rodin consiguió, por primera vez desde Miguel Ángel, que esculturas, como las suyas de El pensador o El beso, se convirtieran en referencias auténticamente populares. Sin embargo, clasificar a Rodin en un puro impresionismo escultórico no seria enteramente justo, ya que este artista, eminentemente un sensual, suele poner su arte al servicio de un programa simbolista, como en su famosísima Puerta del Infierno (1880-90) y en todas sus derivaciones. Algunas de sus figuras más idealistas constituyen la fuente indiscutible de cierta escultura modernista basada en una delicada delicuescencia, como la de Josep Llimona. El Simbolismo escultórico más característico vendría, no obstante, de la mano de hombres más vinculados a grupos militantemente comprometidos con esta tendencia finisecular, hombres como el polifacético alemán Max Klinger, el flamenco Georg Minne, en su primera y más trascendental época, el inglés sir George Frampton, el escandinavo Custav Vgeland, el checo Frantisek Bilek o, por supuesto, el Gauguin escultor. Ambas líneas escultóricas, la objetivista y la simbolista, tuvieron evoluciones propias; las más destacadas son las representadas por el esquematismo al que llegó el francés Antoine Bourdelle partiendo de los postulados de su maestro Rodin, y por el depurado clasicismo reencontrado por el catalán del norte Arístides Maillol, que venía de grupos simbolistas. Uno y otro impusieron su gran personalidad a lo largo de buena parte del siglo XX, especialmente Maillol, que ha sido uno de los más importantes escultores de su época con un tema prácticamente único: el puro y simple cuerpo desnudo de una mujer, sin anécdotas, sin estilizaciones más o menos decadentistas y sin mimetismos neoclásicos. Sin embargo, la escultura de ambos quedó reducida a glorioso testimonio de una estética escultórica muy pronto desplazada de la consideración intelectual, en favor de las novísimas corrientes de vanguardia. Francesc Fontbona.- Las claves del arte modernista.
Ed. Ariel S.A. Barcelona 1988. Págs. 49-53

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