BENVENUTO CELLINI
De SU AUTOBIOGRAFIA
La fama de Cellini descansa por lo menos tanto en su Autobiografía como en sus obras como orfebre y escultor. Goethe la tradujo al alemán, y Horace Walpole la calificó de más entretenida que cualquier novela.
La Autobiografía fué dictada por Benvenuto a su mozo de taller entre 1558 y 1566. Sin embargo, no fué publicada hasta el siglo XVIII. Uno de sus más dramáticos episodios, lleno de la típica arrogancia de Cellini, es aquel en que narra la fundición del "Perseo"" que adorna la Loggia dei Lanzi en Florencia.
EL MOLDAJE DEL "PERSEO".
Así recobré ánimos y con todos los recursos de mi cuerpo y de mi bolsa, a pesar de que me había quedado muy poco dinero, empecé procurándome unas cuantas cargas de leña de pino de los pinares de Serristori, junto a Monte Lupo, y mientras las esperaba, cubrí mi Perseo con la tierra que me había procurado unos meses antes, para que estuviera bien a punto. Y después que le hube hecho una túnica de tierra que así se llama en nuestro oficio - y de haberla bien armado y ceñido de hierro con la mayor diligencia, empecé con un fuego lento a quitarle la cera, la cual salía por muchos agujeros que le había practicado; que cuantos más se hacen mejor se llena el molde. Terminada de sacar la cera, hice un horno en forma de manga en torno a mi Perseo, construyéndolo de ladrillos, puestos unos encima de otros, dejando mucho espacio para que mejor pudiera respirar el fuego; púseme luego a meter la leña, poco a poco, y le prendí fuego, y lo mantuve por dos días y dos noches sin interrupción; hasta que, sacada toda la cera y el molde bien cocido, empecé en seguida a cavar un foso para enterrar en él mi molde, siguiendo todas las reglas que el buen arte nos prescribe. Cuando hube terminado de excavar el foso, tomé entonces el molde y a fuerza de cabrestantes y gruesas maromas lo levanté con gran cuidado y lo suspendí una braza por encima del nivel del horno, después de enderezarlo bien, de modo que colgara exactamente sobre el centro de su foso, y poco a poco lo hice bajar hasta el fondo del horno, lo cual se hizo con el mayor cuidado que se puede imaginar en el mundo. Y terminada esta difícil faena, me puse a apuntalarlo con la misma tierra que había sacado del foso, y a medida que iba levantando la tierra, dejaba respiraderos, que eran como tubitos de terracota, de los que se usan para el agua y cosas semejantes. En cuanto vi que lo tenía bien asegurado y que ésta era la manera de apuntalarlo y de poner los respiraderos en su lugar debido... y que mis operarios habían entendido, bien mil manera de operar, la cual era muy distinta de la de todos los demás maestros de esta profesión, asegurándome de que podía fiarme de ellos, volví a mi horno, el cual había hecho IIenar! de muchos lingotes de cobre y pedazos de bronce, puestos unos sobre otros, según las reglas del arte, es decir, levantados (dejando paso a las llamas del fuego, para que el metal coja más prestamente su calor y con éste se funda y se liquide). Así animosamente di orden de prender fuego al horno; y metiendo aquella leña de pino, que por aquella untuosidad de la resina ardía muy bien, y de bien construído que estaba mi hornito, ardía tan bien, que me veía obligado a correr de un lado a otro, con tanta fatiga que no lo podía soportar; y sin embargo, me esforzaba.Y a esto se añadió que se pegó fuego al taller, y tuvimos miedo que nos cayese el techo encima; y por otra parte, del lado del jardín, el cielo me enviaba tanta agua y viento, que me enfriaba el horno. Así luchando varias horas con estos accidentes, empeñándome en una fatiga que ni mi robusta salud podía resistir, me sobrevino ,un acceso de calentura, el mayor que cabe imaginar en el mundo. Y muy a mi pesar, no tuve más remedio que acostarme. Cuando hube remediado a toda esta confusión, con grandísimas voces gritaba ora a éste ora a aquél: trae aquí, quita allá, y, viendo que el metal empezaba a fundirse, toda aquella tropa me obedecía con tanto afán, que cada uno valía por tres. Entonces les hice coger media barra de estaño, que pesaba cosa de sesenta libras, y lo eché en medio del metal, dentro del horno; y con toda la leña que habíamos metido y hurgando el fuego con atizadores y barras de hierro, en poco espacio de tiempo se fundió la mezcla. Cuando vi que había resucitado al muerto, contra lo que creían todos aquellos ignorantes, me entro tal brío que ya no me acordé más de la calentura ni del temor a la muerte. De repente se oyó un gran estrépito, acompañado de una grandísima llamarada, que no parecía sino un rayo que hubiera caído allí ante nosotros, por cuyo espantoso prodigio quedaron todos amedrentados y yo más que ninguno. Pasado aquel gran estrépito y resplandor, volvimos a mirarnos las caras; y viendo que había reventado la cubierta del horno y se había levantado de modo que dejaba escapar el bronce, hice abrir al momento las bocas de mi molde y al mismo tiempo cerrar los dos tapones, y viendo que el metal no corría con la debida presteza, supuse que la causa debía ser que con aquel terrible fuego se había consumido la liga; así mandé que cogieran todos los platos y escudillas y vasijas de estaño que había en casa, que eran casi doscientos, y uno a uno los metía dentro de los canales y el resto lo eché al horno; y como vieran todos que mi bronce se había liquidado muy bien y que mi molde se llenaba, todos me ayudaban y obedecían animosos y alegres; y yo, ora aquí ora allí daba órdenes, o echaba una mano, y exclamé: " Oh, Dios, que con tu inmenso poder resucitaste de los muertos y subiste glorioso al cielo...!", y en un instante se llenó el molde. Por lo cual yo me arrodillé y con todo corazón di gracias a Dios; después me volví a una fuente que allí estaba sobre un banquillo, y con grandísimo apetito comí y bebí en compañía de toda aquella brigada, después fuí a la cama sano y contento, pues faltaban dos horas para el amanecer, y, como si jamás huhiera tenido mal ninguno, me dormí dulcemente.