Karl Rosenkranz
Estética de lo feo, Introducción, 1852
Grandes conocedores del corazón humano se han sumergido en los abismos terroríficos del mal y han descrito las espantosas figuras que surgían de aquellas tinieblas. Grandes poetas, como Dante, han destacado aún más estas figuras; pintores como Orcagna, Miguel Ángel, Rubens y Cornelius las han puesto ante nuestros ojos, y músicos como Spohr nos han dado a conocer los sonidos atroces de la perdición, con los que el malvado grita y aúlla la discordia de su alma. El infierno no solo es ético o religioso, también es infierno estético. Estamos inmersos en el mal y en el pecado, pero también en la fealdad. El terror de lo informe y de la deformidad, de la vulgaridad y de la atrocidad lo tenemos a nuestro alrededor representado en una gran cantidad de figuras, desde los pigmeos hasta las deformidades gigantescas cuya maldad infernal nos observa rechinando los dientes. Es a este infierno de lo bello adonde queremos descender ahora, y es imposible hacerlo sin introducirnos al mismo tiempo en el infierno del mal, en el infierno real, porque lo feo más feo no es aquello que nos repugna por naturaleza -pantanos, árboles retorcidos, salamandras y sapos, monstruos marinos que nos miran con ojos desencajados, enormes paquidermos, ratas y simios-, sino el egoísmo que manifiesta su locura en los gestos pérfidos y frívolos, en las arrugas de la pasión, en la mirada torva del ojoyen el crimen.[...] No es dificil entender que lo feo, como concepto relativo, solo es comprensible en relación con otro concepto. Este otro concepto es el de lo bello: lo feo solo existe porque existe lo bello, que constituye su presupuesto positivo. Si no existiera lo bello, no existiría de ningún modo lo feo, porque solo existe en cuanto negación de aquello. Lo bello es la idea divina originaria y lo feo, su negación, tiene, precisamente como tal, una existencia tan solo secundaria. No en el sentido de que lo bello, en cuanto es lo bell, pueda ser al mismo tiempo feo, sino en el sentido de que las mismas determinaciones que constituyen la necesidad de lo bello se convierten en su contrario. Esta íntima conexión entre lo bello y lo feo como su autodestrucción es también la basE de la posibilidad de que lo feo, a su vez, se niegue: de que, puesto que existe como negación de lo bello, resuelva de nuevo su contradicción con lo bello volviendo .a la unidad con este. En ese proceso lo bello se revela como la fuerza que vuelve a somet, a su dominio la rebelión de lo feo. En esta conciliación nace una infinita serenidad, que suscita en nosotros la sonrisa, la risa. Lo feo se libera en este movimiento de su naturalez híbrida, egoísta; reconoce su impotencia y se vuelve cómico. Lo cómico siempre incluye en sí mismo un movimiento negativo hacia el ideal puro, simple; semejante negación resulta reducida en este a apariencia, a nada. El ideal positivo es reconocido en lo cómico porque y en cuanto su manifestación negativa se volatiliza. [...] Evidentemente, no en el sentido de que lo que es feo pueda ser en determinados casos dudoso. Esto es imposible, porque la necesidad de lo bello está determinada por sí misma. Pero lo feo es relativOl!Porque solo puede hallarse a sí, su medida, en lo bello. En la vida ordinaria todo el mundo puede seguir su propio gusto, y puede juzgar bello lo que para otro es feo, y viceversa. Pero si se quiere elevar esta casualidad del juicio estético empírico por encima de su falta de seguridad y claridad, hace falta sometería a la crítica y, por tanto, a la ilustración de los supremos principios. El ámbito de lo bello convencional,de la moda,está lleno de fenómenos que, si se juzgan a partir de la idea de lo bello, forzosamente se definen como feos, y sin embargo se reconocen temporalmente como bellos. No porque lo sean en sí y por sí, sino tan solo porque el espíritu de una época halla precisamente en estas formas la expresión adecuada de su carácter específico y se acostumbra a ellas. Ocurre más en la moda que en cualquier otro ámbito que el espíritu se corresponde con su huella: en este caso también lo feo puede servir como medio de expresión adecuada. Las modas del pasado, sobre todo del pasado reciente, por lo general se consideran feas o cómicas: esto se debe a que el cambio de sensibilidad solo puede desarrollarse por oposiciones. Los ciudadanos de la Roma republicana, que sometieron al mundo, se afeitaban. César y Augusto no llevaban aún barba y solo a partir de la época romántica de Adriano, cuando el imperio empezaba a ceder cada vez más al empuje de los bárbaros, empezó a ponerse de moda la barba espesa, como si, sintiéndose débiles, quisieran asegurar su propia virilidad y valor.

