La Escultura en 1924

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BANYULS

Aristide Maillol llevá ya muchos áños de actividad sin interrupción en el campo de la escultura. Pese a que sus comienzos nada tuvieron que ver con el cincel o la arcilla, desde muy joven se le despertó su vocación de artista. El Maillol que ahora nos ocupa está ya lejos de aquellas primeras pinturas y tapices de marcado carácter simbolista, y distante también de las batallas en oposición a los impresionistas al lado de Bonnard, Matisse, Signac, Vuillard y Denis, apadrinados por Gauguin. Cualquier dispersión desapareció cuando Maillot encontró la escultura como medio de expresión. Las amistades con algunos de los nabis continuaron, sobre todo porque compartían un mismo deseo: llegar a la síntesis. Ésta es la persistente idea rectora de todo su trabajo hasta el momento: desde sus primeras tallas y pequeñas terracotas -menospreciadas en una exposición bajo el título de «objetos escultóricos»- hasta esa figura de «Venus» que elabora desde el año 1918.

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Mientras vivimos un cuarto de siglo desbordante de novedades en pintura y escultura, sorprendente espectáculo de nuevas formas y conceptos que se abalanzan sobre nosotros sin dejar apenas espacio para el respiro, Maillol, cual silencioso artesano que ha bebido en las fuentes de lo intemporal, esculpe al margen de cualquier sobresalto; ocupado en una obra que surge con naturalidad de la más absoluta serenidad de espíritu.

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Matisse modela sin pensarlo dos veces; Maillol, en cambio, enamorado de su pieza, le dedica uno o más años. Asistió sin inmutarse al nacimiento del cubismo, aunque sus obras esbozan una ligera sonrisa cuando observan la Cabeza de Mujer de Picasso (1909). No se ruborizan sus mujeres mediterráneas cuando contemplan El beso del rumano Brancusi (1907-1908), en las puertas de la aventura de la abstracción. Ninguna contorsión o gesto violento agita el ritmo reposado de El verano, La primavera y La flora, obras que trabajó entre 1910 y 1912, al tiempo que Boccioni desarrollaba su Botella en el espacio, en busca de la dimensión del movimiento, y Kirchner danzaba con su Bailarina con pierna levantada. Mientras el arte primitivo hacía impacto en Europa, Maillol viajó a Grecia acompañado de su protector, el conde Kessler, y de Hoffmannsthal. En 1913 Duchamp expuso la Rueda de bicicleta, año en el que Maillol se dedicó a realizar investigaciones sobre el papel.

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Sin embargo, la obra de Maillol sabe mucho de las premisas y objetivos que fundamentan la experimentación de las vanguardias: esa búsqueda de un acorde que revele las leyes esenciales de la naturaleza. Nítidos volúmenes, masas equilibradas y formas graves estructuran arquitectónicamente esos temoplos clásicos de contenido moderno que son sus esculturas. Su envoltura figurativa nada tiene que ver con el realismo, el frío academicismo o las estereotipadas fórmulas. Estos cuerpos femeninos poseen una energía que reciben directamente del humus de la tierra sedimentos de toda una tradición.

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Maillol es un hombre «antiguo». Mientras la vanguardia acentúa la distancia entre el sujeto y la naturaleza, él se sumerge cada vez más en aquel inocente estado del hombre primero en el que Naturaleza y Cultura no habían entrado en oposición. «El arte es paralelo a la naturaleza» decía Cézanne; las esculturas de Maillol continúan las de la naturaleza, son los frutos de una vigorosa cepa que crece en Banyuls, cerca de su casa natal del Rosellón. Maillol quiere hacer escultura «como si nada existiera, como si jamás hubiera aprendido nada», como si fuera «el primer hombre que hace escultura». En esa «inteligente» ingenuidad es donde se halla el secreto de la vida y de la naturalezá que tanto ama. Contemplemos sus obras como privilegiados espectadores que asistimos con ojos vírgenes al primer acto de la creación.

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