Las obras del famoso artista francés vienen al Museo de Arte Moderno de Bogotá desde el 22 de abril. Forman parte de la colección del Museo Soumaya de México, la más importante después de la del Museo Rodin de París, y del Museo Ponce de Puerto Rico. También, las obras de sus amigos como Renoir y Camille Claudel.
Auguste Rodin (1840-1917), el gran transformador de la escultura, el que dio movimiento a las piezas y las bajó de los pedestales y las alejó del concepto de monumento tan común en el trabajo de los artistas de su tiempo, decía: “Un artista necesita sólo una buena obra para establecer su reputación”. Llegó a expresar una visión contemporánea de las artes a través de su temperamento curioso, de su interés en dar respuesta a sus múltiples interrogantes sobre la validez de la formación académica y de su predilección para abordar la plástica de una manera distinta, actitud que lo condujo a utilizar varias veces la misma imagen en diferentes contextos, formatos y tamaños, y a ver la anatomía como una herramienta para expresar la espiritualidad humana. Esta visión, novedosa para su época, lo llevó a ser considerado “el primer moderno” de la historia del arte.
Sin embargo este “primer moderno” no había estudiado en la Escuela de Bellas Artes sino en la de Artes Decorativas de París, menospreciada por los de aquella y en general por la gente del arte. Rodin se dio allí la oportunidad de mirar la plástica con otros ojos y conseguir desarrollarse en una vocación que logró cambiar el rumbo de su vida, pues en sus primeros años quería ser sacerdote. La pasión por su oficio lo convirtió en un hombre disciplinado, dedicado a acumular conocimientos, adiestrarse en el manejo del cuerpo humano y estudiar la anatomía, hecho que le granjeó la envidia de escultores reconocidos.
Durante sus primeros años parecía un artista conforme con el naturalismo dominante de la época. Trabajaba entonces para Albert Carrier-Belleuse, empresario para el que realizó la decoración de la fachada de la Bolsa de Bruselas. El interés en la obra de sus predecesores lo llevó a Italia (1875) para conocer las piezas de Miguel Ángel. El resultado de su contacto con el ícono del Renacimiento fue La edad de bronce, que se apreciará ahora en Bogotá. Se trata de una pieza presentada en el Salón de 1877 donde desagradó por su realismo y se decía que había sido moldeada sobre el cuerpo del modelo –un soldado belga–, pero que después tuvo éxito al ser exhibida en 1884 en la Royal Academy. A pesar de la conmoción creada cada vez que participaba en un Salón, nunca se dio por vencido. Su primera obra, El hombre de la nariz rota –que va a ser exhibida en el Museo de Arte Moderno de Bogotá– recibió críticas despectivas en 1864. Luego intervino con su pieza San Juan Bautista predicando (1881), a la que años después resolvió desmembrar y crear Torso del hombre que camina, que también se verá en Bogotá. Por esos años, según Cheryl Hartup, del Museo de Arte Ponce de Puerto Rico, “Rodin mostró sus obras y también fungió como jurado. Éste tenía rigurosas normas y buscaba piezas que demostraran el conocimiento que él tenía de la anatomía y del modelado de la figura humana”.
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