Escrito entre abril y mayo de 1550. Es un soneto dedicado al pintor y escritor Giorgio Vasari ( 1511-1574), agradeciéndole su Vita di Michelangiolo, único personaje vivo dentro de la primera edición de sus Vite, aparecida en marzo de 1550. El propio Vasari incluiría el soneto entre las addenda a la segunda edición – muerto ya el artista—con las siguientes palabras previas :Había Vasari aquel año terminado de imprimir la obra de las vidas de pintores, escultores y arquitectos en Florencia, y de ningún vivo hizo la vida, aunque fuese viejo, sino de Miguel Ángel; así es que le presentó la obra, y la recibió con alegría, pues muchos recuerdos de cosas los había tenido de su voz Vasari como de artista más viejo y de juicio; y no paso mucho sin que habiéndola leído le mandase Miguel Ángel el presente soneto por él hecho, el cual me place en memoria de sus amabilidades poner en este sitio
SONETO LXVIII
Si con el estilo y los colores habéis
a la natura emparejado el arte,
y su prez menguado con ello en parte,
pues lo hermoso en ella devolvéis más bello,
tras que con docta mano puesto os habéis
a más digna labor, a redactar en folios,
lo que os faltaba, de aquella prez en parte,
al dar vida a otros, tomáis entero.
Que jamás siglo alguno con ella entendió
en bellas obras, que al fin cedían,
pues llegan todas al prescrpto término.
Mas las ajenas memorias, apagadas, volviendo
a encender, lográis que vos y ellas,
a pesar de aquélla, eternamente vivan.
Escrito entre 1547 y 1550.
Nuevamente soneto amoroso-reflexivo ( muy patente de las inquietudes de Miguel Ángel ) y de contenido neoplatónico.
SONETO LXVII
Paso por los ojos al corazón en un momento
cualquier objeto que posea hemosura,
y es tan ancho el camino y tan capaz
que ni con mil se colma, ni con ciento,
de toda edad y sexo; por lo que temo,
cargado de afanes y más aún de celos;
entre tan varios rostros no saber cuál
antes de morir me llenará el contento.
Si un ardiente deseo en la mortal belleza
del todo se detiene, no descendió del
cielo con el alma; y es humano anhelo.
Pero si más allá va, Amor, desprecia tu nombre
y busca otro dios; y de aquél ya no teme
que al flanco está nuestro despojo hiriendo.
Escrito en el verano de 1547.
Se inicia, con éste, la serie de los sonetos religiosos, o espiritualistas del último miguel Ángel.
Soneto LXVI
¡Haz que te vea, ay, en todo lugar!
Si por mortal belleza arder me siento,
junto al tuyo mi fuego se apagará,
y en el tuyo seré, cual fui, de fuego.
Caro Señor mío, sólo a ti invoco y llamo
contra mi inútil y ciego tormento:
solo tú puedes renovarme afuera y dentro
los deseos, la cordura y el escaso valor.
Al tiempo diste, Amor, mi alma divina
y en este despojo frágil y cansado
aún la encarcelaste, con tan duro destino.
¿Qué puedo hacer sino vivir cual vivo?
Sin ti, Señor, todo bien me falta;
Cambiar mi suerte sólo es poder divino.
Escrito en 1547. Habla al Amor, a causa de la muerte de Vittoria Colonna.
El penúltimo endecasílabo debe entenderse: Los dardos del amor divino sirven de escudo a los dardos del Amor profano.
Soneto LXV
Vuélveme al tiempo, en que floja y suelta
al ciego ardor me estaba brida y freno;
tráeme al rostro angélico y sereno
que toda virtud consigo ha sepultado,
los continuos pasos y la fatiga mucha,
tan lentos a quien de años está lleno;
devuélveme fuego y agua dentro el seno,
si de mí una vez más saciarte buscas.
Y si es verdad, Amor, que sólo vives
de los agridulces llantos de mortales,
de un viejo cansado gozarás muy poco;
que el alma, caasi ya en la otra ribera,
te hace escudo con más piadosos dardos:
y en leño ardido el fuego poco prueba.
Soneto a la muerte de Vittoria Colonna.La marquesa murió el 25 de febrero de 1547
Soneto LXIV
Por Miguel Angel Buonarroti
?No es maravilla si próximo al fuego
ardo y me consumo, ahora que está apagado
por fuera, y me aflige y quema dentro,
y a ceniza poco a poco me reduce?
Veía ardiendo tan luciente el lugar
del que pendía mi grave tormento,
que sólo verlo me daba contento,
y desgarro y muerte me eran fiesta y juego.
Mas ya que del gran fuego el esplendor
que me ardía y nutría, roba el cielo,
carbón quedo en brasa y recubierto.
Y si más leña no me trae amor
que prenda llama, ni una sola pavesa
quedará de mí, todo en cenizas vuelto.
Por Oscar Del Santo
Señaló acertadamente Plotino que el desafío al que nos enfrentamos todos y cada uno de nosotros como seres humanos es el de hallarnos —al menos en este estadio de nuestra evolución— a medio camino entre los animales y los dioses. Es por ello que la naturaleza y la psicología humanas son tan complejas y que la integración de los elementos dispares que constantemente ejercen su influencia sobre nosotros (nuestro cuerpo como realidad material sujeta al paso del tiempo, la consciencia, las sensaciones, las emociones o las diversas pasiones) resulta una auténtica tarea de héroes y sólo es alcanzada por los mejores.
Quizás nadie encarnó las contradicciones propias de nuestra condición en su época como el que llegó a ser considerado, tras una vida larga y compleja y un legado artístico sin parangón, como el grande entre los grandes del Renacimiento. Me refiero, como no, a Miguel Ángel o Michelangelo, un hombre cuya influencia no sólo en la historia del Arte sino también —y aunque esto sea menos conocido por el gran público— en su filosofía hubo de ser decisiva.
En 1532, a la edad de cincuenta y siete años, el inmortal florentino se enamoró apasionadamente del joven aristócrata romano Tommaso Cavalieri, que por aquel entonces contaba veintitrés años de edad. En él quiso ver Michelangelo el epítome de la perfección masculina tanto física como espiritual que había perseguido ardientemente durante toda su vida. A diferencia de algunos de sus predecesores, que habían abusado de las periódicas cegueras amorosas del ya entrado en años maestro, Tommaso supo respetar y apreciar en su justo sentido la devoción que el artista le profesaba.
Han llegado hasta nuestros días los sonetos que el genio creador escribió a su amado, y en los que descubrimos un amor profundo y sincero que expresa de forma inequívoca los sentimientos que el “infinitamente bello” Tommaso despertaba en el de Caprese. Fueron por primera vez traducidos y publicados sin estar sometidos a la censura por el notable poeta victoriano John Addington Symonds casi 300 años después de ser concebidos por su autor:
Just as the moon owes its illumination
To the sun’s light, so I am blind until
To every part of heaven your rays will reach
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Escrito hacia 1546. Probablemente para Vittoria Colonna.
SONETO LXIII
Si la mucha demora halla más gracia y ventura
de la que en tiempo al deseo piedad otorga,
la mía en tantos años, me aflije y duele,
pues el gozar del viejo muy poco dura.
Contrario es el cielo, si nos mira o cura,
al arder en tiempo en que helar se debe,
cual yo por una mujer; de donde mis lagrimas
solas y tristes pesan más con la edad madura.
Mas aunque al fin de la jornada esté,
con el sol ya casi en su ocaso apagado,
entre espesas tinieblas y con umbroso frío
si amor que sólo al inciar camino inflama,
y no de otro modo es, en un viejo arde tanto,
es porque ella del fin me hace principio
Escrito hacia 1546. Los primeros editores lo pensaban dirigido a Vittoria Colonna. Girardi –con la evidencia del primer terceto– lo supone para Cavalieri.
LXII
No es siempre culpa áspera y mortal
por una inmensa belleza el fiero ardor,
si tras sí deja enternecido al corazón,
y en breve un dardo divino 10 atraviesa.
Amor desvela y presta plumas a las alas,
y manda volar alto al furor vano;
como primer peldaño que hacia su creador,
aún no saciada, el alma asciende presta.
El amor de que hablo a lo alto aspira;
la mujer le es demasiado ajena; y mal conviene
en ella arder ánimo viril y sabio.
Uno cielo y el otro busca tierra;
en el alma uno, el otro habita los sentidos,
y el arco apunta cosas viles y plebeyas.
El hecho de que en un manuscrito de este soneto, en lugar de s’í’t amo e reverisco, o signor mío, del inicio del segundo cuarteto, diga Qual piú giusta cagion dell’amart’io, hizo pensar que estaba destinado a Vittoria Colonna. Es más probable, sin embargo, que sea para Cavalieri, incluso por el contenido neoplatónico del conjunto. En uno de los autógrafos hay,un ligero esbozo a lápiz de una planta de la fachada de San Pedro, que Miguel Ángel comenzó a proyectar en 1546.
LXI
Bien puede a veces mi casto y buen deseo
con la esperanza andar sin resultar diverso;
pues si todo en nuestro amor desplace al cielo
¿con qué fin habría hecho Dios el mundo?
Si te amo y reverencio, oh señor mío,
si ardo incluso, es por la paz divina
que en tus hermosos ojos se alberga y vive,
esquiva y enemiga de extraviado pensar.
No es amor el que aquí nace y muere
con la belleza que en todo instante merma.
o sujeto al mudar de rostro amable:
Es verdadero amor, el que en puro corazón
no desfallece por cambio de corteza
u hora extrema, y del paraíso aquí. deja señal.
Escrito a finales de 1545 o comienzos de 1546.
El soneto está dirigido a Luigi del Riccio, florentino, y uno de los grandes amigos de Miguel Ángel en Roma.
Es un correctivo, una queja al amigo, cuyo fundamento no está claro. Del Riccio estaba empeñado –con el consentimiento del escultor- en editar una antología de su labor poética, que al fin no llegó a hacerse. Según algunos, el poema aludiría a una edición de los versos, realizada por Riccio sin el consentimiento de Miguel Ángel. Pero no hay pruebas.
Luigi del Riccio había atendido personalmente al escultor en dos de sus enfermedades, a comienzos de 1544 y de 1546. A ello puede aludir la inmensa cortesía del primer verso.
Según Clements, los mil placeres del último endecasilabo aludirían a la relación de Miguel Ángel con Cecchino Bracci, y al tormento, a su fatigosa labor en los epitafios del muchachito.
Soneto LX
En lo dulce de una inmensa cortesía,
al honor, a la vida alguna ofensa
se esconde a menudo y cela, y tanto pesa
que me hace mi salud menos querida.
Quien en el hombre amigo pone alas y luego
en el camino dispone la oculta red tejida,
la ardiente caridad que amor enciende
anula más cuando más arder debía.
Por eso, Luigi mío, mantened clara
la gracia primera, que me dio la vida,
y que no la turbe tempestad ni viento.
A vencer enseña el desdén toda merced,
y aunque yo al buen amigo siempre atienda,
mil placeres no valen un tormento.