Posterous theme by Cory Watilo

La Belleza de la Mujer/ Augusto Rodin

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 Continuando con la difusión  entre mis alumnos del pensamiento del Maestro Augusto Rodin  a quien cada día admiro más pues gracias a la Internet  conozco cada vez más obra y refuerza mi pensamiento  que siempre he tenido : fue una entrega total al pensar que trabajó para la escultura, vivió para ella y murió en ella. Un Hombre controversial  y seguro de sí. Nos puso la Escultura al frente como se dice: la bajo de esa nube de incomprensión y fría en que se había convertido y con sus fuertes bases adquiridas en su juventud enfrento una sociedad y nos abrió las puertas para encontrar nuestros caminos con sinceridad y amor por nuestras obras. He aquí su pensamiento  acerca de la Belleza de la Mujer:

LA BELLEZA DE LA MUJER


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El hotel de Biron que antaño era el Convento del Sagrado Corazón, está ocupado en la actualidad por varios inquilinos entre los cuales figura el escultor Rodin. El maestro tiene otros talleres en Meudon y en París en el Depósito de Mármoles; pero tiene marcada predilección por éste.

A decir verdad es el más bello lugar que un artista pueda soñar. El autor de El Pensador dispone allí de varias salas muy vastas y altas, adornadas con molduras encantadoras y filetes de oro.

Una de esas estancias, aquella en que trabaja, es una rotonda y da por altas puertas vidrieras a un admirable jardín.

Desde hace varios años ese terreno está abandonado. Pero todavía se distinguen, entre la maleza, las antiguas líneas que bordeaban las avenidas, se percibe bajo las viñas salvajes, toneles con parras verdegueantes y cada primavera, en las platabandas las flores aparecen vivaces entre las gramíneas. Nada es tan deliciosamente melancólico como ese borrarse del trabajo humano bajo la acción de la libre naturaleza.

En el hotel de Biron, Rodin pasa casi todo su tiempo dibujando.

En este retiro monástico gusta de aislarse ante la desnudez de bellas mujeres y en consignar en dibujos innumerables, realizados al lápiz, las leves actitudes que las modelos toman ante él.

Allí donde las vírgenes cumplieron su educación bajo la tutela de santas mujeres, el potente estatuario honra con su fervor la belleza física, y su pasión por el arte no es seguramente menos devota que la piedad en la cual fueron educadas las alumnas del Sacré-Coeur.

Una tarde miraba yo con él una serie de sus estudios y admiraba los armoniosos arabescos mediante los cuales había reproducido sobre el papel los ritmos diversos del cuerpo humano.

Al mostrarme sus dibujos, volvía a ver imaginativamente sus modelos, y a cada momento exclamaba:

- ¡Oh!, ¡La hermosura de esas espaldas!, ¡Curvas de perfecta belleza! ¡Mi dibujo es demasiado pesado, demasiado torpe! ¡He ensayado repetidas veces, pero!... ¡Por fin hay un croquis que se aproxima un poco más al natural. Sin embargo!...

- ¡Mire la garganta de ésta, la adorable elegancia de esa dilatación, es de una gracia casi irreal!...

- Y los muslos de esa otra: ¡Qué maravillosa ondulación! ¡Qué exquisito desarrollo de los músculos en la suavidad de la superficie! ¡Es como para arrodillarse ante ella!...

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Sus miradas se perdían en la contemplación de sus recuerdos. Se hubiera dicho un oriental en el jardín de Mahoma.

- Maestro –le pregunté-, ¿Encuentra usted fácilmente sus modelos?...

- Sí.

- ¿La belleza no es pues una cualidad muy rara en esta tierra?...

- No; Se lo aseguro.

- ¿Y se conserva mucho tiempo?...

 

- Cierto es, sin embargo, que la belleza femenina es fugitiva y cambia pronto. No diré yo que sea como un paisaje, cuya belleza se modifica incesantemente con la marcha del sol; pero esta comparación sería casi justa.

La verdadera juventud, la de la pubertad virginal, aquella en que el cuerpo lleno de savia novísima, se afirma en su esbeltez orgullosa y parece temer y llamar a la vez al amor, es un momento que no dura más que algunos meses.

Sin hablar de las deformaciones que impone la maternidad, la fatiga del deseo y de la afiebrada pasión aflojan rápidamente los tejidos y disminuyen la tensión de las líneas.

La joven se convierte en mujer. Entonces la belleza es de otro género, admirable siempre, pero menos pura.

 

- ¿Hay que creer, no obstante, que las mujeres modernas están lejos de igualar en belleza a las que posaban ante Fidias?...

-  De ninguna manera. Lo que sucede es que los artistas de entonces tenían ojos para mirarlas, en tanto que los artistas de hoy son ciegos. Esta es toda la diferencia.

Las mujeres griegas eran hermosas, pero su belleza residía ante todo en el pensamiento de los escultores que las representaban en sus obras.

Hoy día existen mujeres completamente iguales a aquellas antiguas modelos. Especialmente, las europeas del sur.

Las italianas modernas, por ejemplo, pertenecen al mismo tipo mediterráneo que los modelos de Fidias. Este tipo tiene por carácter esencial la igualdad entre el ancho de las espaldas y las caderas.

 

- ¿Pero las invasiones de los bárbaros en el mundo romano no alteraron por cruzamiento la belleza antigua?...

- ¡De ninguna manera!...

Suponiendo que las razas bárbaras fuesen menos bellas, menos perfectamente equilibradas que las razas mediterráneas, -lo que es muy posible-, el tiempo se habría encargado de borrar las taras producidas por las mezclas de sangres y de hacer reaparecer la armonía del tipo antiguo.

 

En la unión de lo bello y de lo feo, es siempre la belleza la que termina por triunfar. La naturaleza, por una ley divina, retorna constantemente hacia lo mejor y tiende sin cesar hacia lo perfecto.

 

Al lado del tipo mediterráneo existe, por otra parte, un tipo septentrional, al que pertenecen muchas francesas así como las mujeres de las razas germánicas y eslavas. En este tipo las caderas están fuertemente desarrolladas y los hombros son más estrechos; es, por ejemplo, la estructura que se observa en las ninfas de Jean Goujon, en la Venus del Juicio de Paris por Watteau o en la Diana de Houdon.

 

Por otra parte, en este tipo, el pecho se inclina hacia delante, mientras que en el tipo mediterráneo y antiguo, el tórax se endereza en sentido contrario.

A decir verdad, todos los tipos humanos, todas las razas tienen su belleza. La cuestión estriba en saber descubrirla.

Yo he dibujado con placer infinito las pequeñas bailarinas cambodgianas que hace tiempos visitaron París con su soberano. Los menudos gestos de sus gráciles miembros eran de una seducción extraña y maravillosa.

 

He realizado estudios teniendo como modelo a la actriz japonesa Hanako. Su cuerpo está completamente libre de grasa. Sus músculos aparecen como recortados y en relieve, ni más ni menos como en esos pequeños perros que se  llaman Fox-Terriers. Sus tendones son tan fuertes que sus articulaciones tienen un grosor igual al de los miembros de que forman parte. Es tan resistente que puede permanecer todo el tiempo que quiera sobre una sola pierna, levantando la otra en ángulo recto. En esta actitud parece que hubiera echado raíces en el suelo como un árbol. Tiene, pues, una anatomía completamente diferente a la de una europea; sin embargo, resulta muy hermosa dentro de su tipo especial.

 

En resumen, la belleza está en todas partes. No es ella la que falta ante nuestros ojos, sino nuestros ojos los que a menudo no la saben ver.

La belleza es carácter y expresión.

Nada hay, pues, en la naturaleza que tenga más carácter que el cuerpo humano. Es capaz de evocar por su fuerza o por su gracia las imágenes más variadas. Por momentos se parece a una flor, la flexión del torso imita el tallo, la gracia de los senos, la sonrisa del rostro, la opulencia de una esparcida cabellera, corresponden a la expresión de la corola. Por momentos pareciera evocar una esbelta liana, un arbusto de líneas finas y atrevidas.

 

- “Viéndote a ti, -dice Ulises a Nausíaca-, me parece ver cierta palmera que hay en Delos, cerca del templo de Apolo, y que sube desde la tierra como un surtidor lanzado hacia el cielo…”

 

otras veces, se diría una urna. Muchas veces he hecho sentar en el suelo un modelo, haciendo que me volviera la espalda, con los brazos y las piernas extendidos hacia delante. En esta situación la silueta de la espalda, estrechándose en la cintura y ensanchándose en las caderas, aparece con toda claridad y parece evocar un ánfora exquisita que contiene en su interior la vida del porvenir.

 

En otras ocasiones, el cuerpo humano, curvado hacia atrás como un resorte, semeja un hermoso arco en el cual Eros ajustara sus flechas invisibles.

El cuerpo es el espejo del alma y de ahí procede su más grande belleza.

 

 

 

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